Todos los casos de acoso sexual en la Universidad española han pertenecido -históricamente- a lo que he denominado con anterioridad « criminalidad oculta «, esos delitos que por una razón u otra no llegan a conocimiento de la Policía y no forman, por tanto, parte de la Estadística Criminal. Pero ahora y afortunadamente, esa tendencia está en franco retroceso y cada día, son más las infracciones penales que se denuncian para así poder identificar y castigar a los culpables. Esto permite conocer a los depravados y separarlos de su función docente que les ha servido de parapeto durante muchos años. O a los compañeros de curso o Facultad que han confundido o aprovechado una relación de amistad con otra cosa.
He conocido un estudio de la Universidad de Barcelona ( UB ) que afirma que, seis de cada diez universitarios españoles han sufrido o conocen casos de violencia sexual en las aulas. Las universidades españolas, se encuentran desde hace tiempo, con un problema de primera magnitud que afecta no sólo a la seguridad y salud de los estudiantes, sino también a su propio prestigio.
Mientras que en España, hasta ahora se venía manteniendo la postura de negar los casos para mantener la reputación, encubriendo el acoso y represaliando a quién lo destapa ; en otros países, como por ejemplo Estados Unidos, el prestigio procede de posicionarse en contra. Aquí cuando se denuncia un caso de acoso, lo primero que se hace es dudar de la mujer porque aún existe ese mito de la » Eva » perversa; de que las mujeres son malas y que por tanto, hay que controlarlas.

Si la primera voz de alarma llegó desde un caso en Barcelona, que terminó archivándose ; la más sonada y mediática y que además ha marcado un precedente vital para las víctimas, lo ha hecho desde el sur. A principios de 2017, un juzgado de Sevilla condenó a un catedrático de Ciencias de la Educación, de la Universidad de Sevilla, a siete años de prisión por abusos sexuales y lesiones a tres profesoras de su Facultad. La Universidad primero y un juez después, le han prohibido ir al centro universitario.
Este caso, ha destapado » la ley del silencio » que había imperado a su alrededor mientras que el catedrático cometía sus fechorías. En la intimidad de su despacho o incluso en los pasillos del edificio, se abalanzaba sobre ellas y contra su voluntad, empezaba a besarlas, tocarlas y rozarlas con sus genitales.
Mientras que el profesor mantuvo sus clases sin que la Universidad lo suspendiera, alegando que había remitido el asunto a los juzgados y hasta tanto no se pronunciara la justicia no podían castigarlo, las víctimas vivieron su infierno particular tras interponer la correspondiente denuncia. Una se tuvo que ir a trabajar a otra Universidad ; otra vive con miedo a encontrárselo por la Facultad y la tercera se ha marchado a otro país. Las tren sufren secuelas : dos siguen tratamiento psicológico por ansiedad y depresión y la tercera, ha llegado a tener pensamientos suicidas.
Según los expertos, no existe un perfil psicológico para el acosador, eso es un mito. Se trata más bien de un problema de poder y falta de protección a las personas expuestas a los abusos, no de personalidades. Esa falta de protección afecta tanto a las personas que sufren el acoso como a las que tratan de defenderlas.
Después de este caso, las Universidades españolas se han visto obligadas a actuar de otra manera. Están reaccionando a golpe de escándalo y creando protocolos contra el acoso y abuso sexual. La mirada está puesta en Estados Unidos, donde llevan décadas luchando contra esta lacra. Allí el nivel de tolerancia es cero y en algunas Universidades, ofrecen charlas de prevención contra el acoso a comienzo del curso académico y tanto los profesores como los alumnos están obligados a denunciar cualquier caso que conozcan.
En otras, existen oficinas específicas donde todas las denuncias son investigadas y contestadas. Si se consigue probar la denuncia, la Universidad expulsa al docente inmediatamente.
En el caso de España, la lucha es incipiente. La Ley de Igualdad, creada hace catorce años, obligaba a las Universidades a tener Unidades de Igualdad y contar con un Protocolo para responder a estas denuncias y a tenor de los resultados, parece que no ha sido suficiente. Lo primero que hay que hacer es aceptar que el acoso está sucediendo hoy en, prácticamente, todas las Universidades y a partir de ahí, desarrollar varias líneas de actuación que atiendan la prevención, la detección, la formación y la resolución de los casos.

Así , mientras las instituciones toman cartas en el asunto muy lentamente, las víctimas se tienen que organizar en redes para empujar a las Universidades a que cumplan con sus procedimientos antiacoso y lo que está escrito no sea papel mojado.
Según estudios publicados por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad ; un 33% de universitarios españoles, asegura haber sufrido acoso. Un inquietante 16% de alumnos varones, reconoce haber cometido algún tipo de agresión, desde la amenaza a la manipulación. Un 1,7% admite haber cometido una violación. La Universidad Complutense de Madrid, abrió en el curso 2014 – 2015, 703 expedientes de acoso.
En cambio, en los últimos cinco años, la Unidad de Igualdad de esa Universidad, ha gestionado 70 denuncias del Protocolo Antiacoso y una cifra similar de casos de alerta: personas que reclaman justicia pero no quieren implicarse por escrito. Sin nombre y sin denuncia, no se pueden seguir los casos; sin embargo, la puerta siempre está abierta pata la atención psicológica.

Y es a través de esa puerta, cómo han descubierto un asunto que les preocupa pero en el que no pueden hacer nada más que acompañar y concienciar porque se trata de un tema netamente policial: las agresiones sexuales que ocurren dentro de supuestos amigos, de chicos a chicas de su misma pandilla en una noche de fiesta. He podido confirmar que no hay datos policiales para dimensionar el alcance que tienen estas agresiones en pandilla.
Esta Unidad de Igualdad, puso en marcha en enero de 2.017, un Protocolo que se centra en casos de acoso sexista ( discriminación por causa de género ); sexual o de orientación sexual ( homofobia ). Los casos abiertos hasta ahora son variopintos y en muchas ocasiones, confluyen en uno distintas razones, como acoso sexual y sexista.


















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