Cualquier ciudadano medio sabe que venimos de Roma, empezando por nuestras leyes que no son más que una evolución del derecho romano; nuestro idioma, el español, que procede del latín y hasta costumbres tan nuestras como la siesta, tienen su origen en que los romanos descansaban en la hora sexta -de ahí procede la palabra siesta- que marcaba el mediodía solar.
Hasta ponemos en rojo los dias festivos del calendario porque en la antigua Roma se marcaba con ese color esos mismos días. Cada mes de nuestro almanaque está relacionado con Roma: Enero, de ianuarius, de Jano, el dios de las dos caras que mira hacia los dos lados; Febrero, de februarius, de las februa o tiras de un carnero sacrificado en las fiestas lupercales -del 13 al 15 de febrero- ( Luperca era la loba que amamantó a Rómulo y Remo ) con las que se tocaba ritualmente a las mujeres jóvenes con la creencia de que serían más fértiles; et cetera, et cetera, de donde viene nuestro etcétera…
Incluso si iniciamos el anuario el 1 de enero es porque los romanos tuvieron que cambiar su principio de año que era el 15 de marzo, mes de Marte (dios de la guerra ), con el que se comenzaba el reclutamiento de soldados para las nuevas campañas militares, al 1 de enero para que cuando se luchara en los lejanos territorios de pongamos por ejemplo, Germania ( que entonces comprendía las actuales Alemania, Suiza, Austria, Bélgica, Países Bajos, Dinamarca y Polonia ), se llegara a tiempo de combatir dado que el verano duraba allí pocas semanas.

La antigua Roma, forjó lo que desde entonces se conoce por Occidente que no es más que una Europa comprendida por España, Italia, Países Bajos, Bélgica, Suiza ,Francia, Alemania y el Reino Unido de la Gran Bretaña. Y todo eso lo unió Roma. Su imperio lo solidificó y nos lo transmitió a nosotros.
Si entendemos y asumimos de dónde venimos podríamos aprender de nuestros presentes errores. Todas las respuestas están en los libros pero la pregunta que hay que hacerse es ¿ cuántos libros se habrán leído nuestros actuales políticos ?. Lamentablemente, hoy en día vivimos en un mundo donde las diversas reformas educativas realizadas han ido en detrimento de asignaturas como la Historia, el Latín, el Griego Clásico, la Filosofía o la Literatura. Todas ellas fuentes del saber.
Somos muchos los que compartimos la oscura percepción de que quiénes nos gobiernan persiguen adormecernos con pantallas electrónicas henchidas de vacuidad en donde no se piense porque una sociedad inculta y que ni siquiera recuerde o sepa su origen, su historia, es infinitamente más manejable, dócil y fácil de someter.

Es importante saber que un emperador como Trajano -de origen hispano- obligaba a los senadores romanos corruptos a devolver todo el dinero sustraído y si alguien no recordaba donde había escondido su fortuna, le avisaba de que disponía de un maravilloso anfiteatro -hoy conocido como Coliseo- donde les esperaban unos rugientes y hambrientos leones. Todos devolvían el dinero y como favor eran destinados a los peores y más remotos puestos de las fronteras del Imperio.
Quizá no se quiera recordar o saber que Nerón gobernó bien mientras se dejó aconsejar por Séneca ( otro hispano ) y mal cuando ordenó su suicidio. O que Escipión, Julio César y hasta el indómito Marco Antonio, estudiaron retórica y eran capaces de dar discursos sin leer nada.
Pero parace ser que por el momento y pese a la persistencia de nuestra clase política gobernante, aún no se ha conseguido extirpar la natural curiosidad del ser humano para saber de su origen y miles y miles de personas siguen buscando en ese pasado qué fue Roma, cómo surgió y se expandió y por qué cayó hecha pedazos. Nosotros somos aún esos pedazos.

Por todo esto, creo que quién muestra un interés o una simple curiosidad por la antigua Roma, aún sin saberlo, está manifestando una rebeldía con la que no lo dudo, seguirán empeñados en eliminar por completo desde el poder. Si no le gusta leer, al menos en esta era audiovisual hay una retahíla de nuevas series televisivas o películas que aunque observadas con el tamiz anglosajón se pueden ver en las plataformas televisivas que estamos abocados a suscribir. Los romanos siempre vuelven.
Lo que pasó en la historia de Roma se puede tratar como la guía de un viaje que duró 1.229 años desde su fundación hasta su caída. Y hay que conocer la herencia de una civilización grabada a sangre y fuego en lo que denominamos ahora Occidente con la que buscamos compararnos y no siempre lo hacemos con fortuna. Vivimos años de una negra decadencia y la tentación de equipararnos con Roma es continua porque creo que, de algún modo, nos pasa lo mismo. La Historia nos suele dar lecciones a las que debemos de prestar atención porque parece evidente que el futuro ya no está en Occidente.
Si trasladamos aquellos sucesos a los tiempos actuales, yo creo que siempre viene bien porque somos nosotros mismos, es nuestra herencia. Y su decadencia llega debido a los vicios del bienestar y la abundancia, con la degeneración de sus valores y de sus instituciones como está pasando ahora con España.

Roma nos muestra cómo se destruye una civilización porque en el momento que es tan rica se relajan los valores, la gente solo piensa en el placer y no quiere trabajar. Hay que traer extranjeros para mantener el modo de vida y todo acaba viniéndose abajo. Con Roma pasa lo mismo que en las familias de los emprendedores: los abuelos hacen la fortuna, los padres la mantienen más o menos y los hijos y nietos la dilapidan.
Soy de la opinión de que el factor determinante de este declive es el descenso del hecho religioso porque es más importante de lo que parece para poder cohesionar una sociedad. En el Imperio romano, los valores que el ciudadano romano imponía a sus hijos -orgulloso de su sociedad- se fueron perdiendo. También fue clave la caída de la demografía que más de un emperador señaló, -tal y como hoy también ocurre- y obligó a tener hijos porque la aristocracia se había hecho tan vaga que no quería ni tenerlos.
Quiero insistir en la importancia que tuvo el cristianismo en el colapso romano porque hay que recordar que el espíritu de la hermandad cristiana ya existía en la filosofía estoica de origen griego que enseñaba a vivir virtuosamente y que se imponía entonces. En paralelo, había un ocaso del politeísmo tradicional porque los romanos, de pronto, se sienten atraídos por los cultos mistéricos orientales como el cristianismo. Durante siglo y pico está en lucha con el mitraísmo ( culto a Mitra, deidad iraní ) que adoraban las legiones.

Al final, el cristianismo se impone pero adoptando fiestas y ceremonias de esas otras religiones. Lo hace con habilidad moviendo bien sus fichas. De hecho, el papado intenta reproducir ese imperio y una muestra de ello es que llama diócesis ( territorio asignado a un obispo ) igual que el nombre de las provincias romanas. Es evidente que la decadencia de Occidente va de la mano del decaimiento de la Iglesia católica. Todo está conectado y ha crecido la desafección de la gente.
No quisiera terminar esta reflexión sin recordar un asunto no muy conocido de aquella época y que no es más que la existencia de la annona, una especie de seguridad social que se distribuía de manera gratuita a un montón de gente que no hacía nada, que no trabajaba por aquello de pan y circo ( panem et circenses ) y no querían que fuese más gente a Roma para no tener que repartir esos subsidios, es decir, inmigrantes…, así de simple y así de crudo.
El paralelismo con la actualidad española de todo lo expuesto es inevitable porque la concesión de la ciudadanía romana se fue ampliando hasta que en año 212, el emperador Caracalla la extendió a todos los habitantes del Imperio y 30 millones de personas se convirtieron en romanos de la noche a la mañana con la pretensión de conseguir mano de obra que pudiera mantener la economía. Los romanos se habían vuelto tan señoritos que nadie quería trabajar, ni ir a las legiones, cuidar la agricultura… Hasta que lo perdieron todo como nosotros también llevamos camino de perder…

































































































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