Poco queda ya de los momentos de subidón de 2018, cuando Susanna Griso y Ana Rosa Quintana abandonaban sus programas matinales para hacer huelga, ponerse en la cabecera de la manifestación y ampliar la base social del feminismo español. Atrás dejamos también las tensiones políticas de 2020, año en que se acusó al gobierno de Pedro Sánchez de retrasar una semana el confinamiento por la gripe china ( covid-19 ) para que no afectase a una manifestación que le convenía en el plano político. Año tras año, el movimiento se ha ido deshinchando y deshilachando, sobre todo por la división de las asistentes en dos bloques.
En uno de ellos, reúne el feminismo tradicional, abolicionista de la prostitución y refractario a incluir hombres con disforia de género ( malestar porque la identidad de género no coincide con el sexo ). En el otro desfila el sector moderno, incluyendo el pelotón trans y las trabajadoras del amor. Se esperaba que la ministra del ramo hiciera malabarismos para aparecer en ambos pelotones como el año pasado pero esta vez no pudo ser y prefirió la de Valladolid -su lugar de nacimiento- por eso de echar una mano a la campaña castellana para las elecciones autonómicas. Los grandes medios de izquierda siguen haciendo lo que pueden para inyectar entusiasmo, pero cada nueva temporada se hace más evidente que falta la energía de antaño. La industria cultural cada vez apuesta menos por películas, discos y ensayos feministas.
El problema no es solo que la tropa se encuentre enfrentada y desmoralizada, sino que se evapora el recambio generacional. El apoyo de los jóvenes al feminismo ha sufrido un fuerte descenso en España, pasando del 49,9% en 2021 al 38,4% en 2025. Hablamos de su nivel más bajo en cinco años, según el Barómetro Juventud y Género de Fad Juventud, publicado a finales del año pasado. La mitad de los chavales reconoce desigualdades, pero otro gran segmento, que llega al 49,2%, percibe el movimiento como una «herramienta de manipulación política». Apenas el 26% de los hombres se identifican como feministas frente al 51% de las mujeres jóvenes, que sí lo hacen. El dato es inferior en seis puntos al de 2021.Todo ello enmarcado en un fuerte giro de la juventud hacia la derecha, el renacer de la espiritualidad y un aumento del prestigio de la institución familiar.

En uno de sus habituales trucos de magia política, el presidente Sánchez ha intentado convencernos de que los veinteañeros de España siguen siendo igual de feministas que hace un lustro, aunque ellos no lo sepan: “Muchos jóvenes que dicen »yo no soy feminista» defienden criterios feministas, que su pareja tenga los mismos derechos, que su hermana cobre lo mismo por el mismo trabajo, que sus amigas puedan volver solas a casa sin miedo; eso es feminismo, aunque no quieran llamarlo así”, defendió en un acto por el Día Internacional de la Mujer, celebrado en el museo del Prado en Madrid. Luego, como es su costumbre, destacó que “la ultraderecha ha conseguido manchar una de las causas más nobles de la humanidad”. No se preocupen: él va a seguir diciendo “feminismo” y defendiendo ese nicho tradicional de voto del PSOE.
La utilización del 8-M para fines espurios por parte del campo político denominado progresista es una amenaza constante. Este año, sin ir más lejos, el abrazo del oso se lo ha dado el “No a la guerra”, apuesta principal del gobierno sanchista para resucitar su pegada electoral. “El feminismo es pacifista”, declaró Ana Redondo, ministra de Igualdad, en el mencionado acto del auditorio del museo del Prado. Sánchez no perdió un minuto en arrimar el ascua a la situación bélica de Irán: “Por respeto a las mujeres que sufren opresión en todo el mundo, no podemos aceptar que se invoque la libertad cuando conviene y se olvide cuando no. Si de verdad creemos en la libertad de las mujeres iraníes, la respuesta no puede ser más violencia. Tiene que ser más diplomacia, más apoyo a quienes luchan desde dentro, y más derecho internacional», defendió. Le faltó decir que “más Sánchez y menos Trump”.
Otro ejemplo evidente de apropiación indebida es el cartel del 8-M escogido por el ayuntamiento de Barcelona. Diversas intelectuales y militantes feministas expresaron su enfado en las redes sociales al comprobar que en el cartel figuraba el lema “Frente al imperialismo colonial y fascista: lucha transfeminista”. Suena como si Trump y los transexuales fuesen más importantes que las propias mujeres, a quienes no se menciona. La escritora y activista catalana Laura Freixas interpelaba con ironía a la agrupación de mujeres del PSC ( Partido Socialista de Cataluña ), rogándoles que le dijeran que se trataba de uno falso, pero por supuesto que se estaba ante un cartel real.

Barcelona es otro de los focos de polémica feminista, ya que el ayuntamiento había aconsejado a los centros escolares no bailar ni poner música durante el Ramadán. Situando el multiculturalismo ( ¿ votos ? ) por encima del feminismo, el ayuntamiento se sometía al islam, como quedaba claro en la circular que había enviado a los colegios: “Algunas personas musulmanas pueden considerar la música o la danza como una actividad inadecuada para el mes del Ramadán, puesto que se considera un mes dedicado a la espiritualidad en que es especialmente importante tener una actitud piadosa. Por lo tanto, sería recomendable tener en cuenta esta sensibilidad a la hora de programar algunas actividades u ofrecer actividades alternativas”, destacan. El Ramadán se ha extendido este año del 18 de febrero al 20 de marzo, así que es más amplio todavía que nuestra Navidad. Son sus costumbres y debemos acatarlas.
Todas estas disfunciones confirman la sospecha de los jóvenes de que la manifestación feminista se ha convertido en una herramienta política antes que en espacio para tejer lazos sociales. El último ejemplo es un tuit de Irene Montero donde incluye la famosa imagen de unos soldados soviéticos levantando la bandera de la hoz y el martillo durante la toma del Berlín nazi. Se supone que Montero es feminista, pero no hay ninguna mención a las más de 100.000 mujeres que fueron violadas por las tropas rusas en la caída de la capital alemana, dos millones en total en toda Alemania (datos del prestigioso historiador británico Antony Beevor en su libro Berlín. La caída: 1945). Entre comunismo y feminismo, Montero siempre va a escoger lo primero, el comunismo. Por si fuera poco, decidió usar esa imagen el día de la muerte de su adorado Stalin.
Dada la bancarrota moral del feminismo, la entidad Asociación Católica de Propagandistas -ACdP- aprovechó para lanzar una campaña de promoción y troleo en marquesinas y paradas de metro. Se titulaba “Busca la santidad” y consiste en ensalzar las virtudes de la Virgen María, Juana de Arco, Isabel la Católica, Teresa de Calcuta y Santa Mónica. Lo que hace treinta años hubiera parecido una ofensiva ultra, hoy cobra mucha más fuerza porque la juventud está empapada del álbum musical espiritual de la cantante Rosalía, los dilemas religiosos de Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa y quizá hasta de los ensayos en defensa de la vida contemplativa de Byung Chul-Han, último premio Princesa de Asturias. Su libro más reciente se inspira en el pensamiento de Simone Weil, filósofa francesa —cada vez más de moda— que también aspiraba a la santidad.

Hace cinco años, en el Teatro Olympia de Valencia, se juntaron Ada Colau, Mónica Oltra, Yolanda Díaz y Mónica García para defender la necesidad de “feminizar los liderazgos” políticos. Aquello parecía la culminación natural de la gran oleada de feminismo español de nuestro tiempo. Incluso jugaron con la idea de bautizarse como Las Supernenas, en plan de estrellas del rock. Hoy casi todas ellas están amortizadas como referentes políticos mientras en todo Occidente brillan figuras de derecha patriótica como Giorgia Meloni, Marine Le Pen y Alice Weidel, entre otras. En España podríamos citar a Isabel Díaz Ayuso, Rocío de Meer y Sílvia Orriols, ninguna deslumbrada por el 8-M precisamente. ¿Es posible que el feminismo progresista de toda la vida haya muerto y estemos asistiendo a su posdata zombi?
Hermanas, os han estafado. Hubo un día en que nos prometían que el feminismo nos haría mejores y, sin embargo, lo único que se ha conseguido es que los jóvenes (también las mujeres, o sea, las jóvenas, según el viejuno gazapo de la feminista clásica Carmen Romero) rechacen un movimiento que se tornó en bastardo y políticamente abominable. Unir el necesario derecho transversal a la igualdad con una amalgama de lucha anticapitalista con un llamamiento a castrar a todos los hombres por el hecho de serlo, nos ha llevado a este momento de pánico. Hace dos domingos vimos en las manifestaciones que lo importante no era la reivindicación para que Ábalos no alterne con señoritas con dinero público o para que señoros como Salazar no campen por las Moncloas. La pancarta de «No a los Salazar» se cambió por la de «No a la guerra», esa brutalidad en la que mueren, sobre todo, hombres. ¡Para cuándo la paridad en el campo de batalla!
Las prostitutas tristes y las alegres, siguen acunándose (y acunando) en las barras de los lupanares caros y los baratos, ajenas a los discursos de las Irenes Monteros que han hecho del feminismo un lugar tan ideológico que diríase un mitin o un mensaje en esa plataforma para ligar en lo que se ha convertido el Tinder para gente de izquierdas. Con lo bien que sienta una cópula sin adjetivos.

El 8-M no es un día para que las mujeres, todas las mujeres, y los hombres, griten por una sociedad justa en la que el poder no se mida por el largo de la falda o de la bragueta, sino para fotografiarse ante la espeluznante barricada de los grandes exitos de lo que mola. Hoy es el pacifismo. No les importan las mujeres, sino la propaganda.
Tremendas contradicciones. Veamos. Las mujeres iraníes estarán muy agradecidas a esta izquierda rancia por el bien que les hace la paz. Las mujeres feministas de derechas no importan, son mujeres incompletas, personas que han nacido en un cerebro equivocado. Como los homosexuales del PP, una anomalía: el invento monstruoso de un Frankenstein contemporáneo. El feminismo, especialmente el de la ultimísima ola, ha conseguido que los niños quieran estar con los niños y las niñas con las niñas porque se ven como una amenaza en el patio del colegio.
Todo este fracaso no consigue que los promotores/as de este desvarío pidan perdón o cambien de estrategia. Lo contrario. Desean que todos nos apuntemos a un curso para ser aliades. La opinión contraria será tildada de machista o, mucho mejor aún, de fascista. Así, simplista y sin contemplaciones.
Como ha venido ocurriendo en los últimos años, la división dentro del feminismo ha sido protagonista de las manifestaciones convocadas con motivo del 8M, en las que han participado miles de personas en toda España y donde no han faltado las reivindicaciones históricas como la igualdad real y el fin de la violencia de género (en lo que llevamos de año ya han muerto catorce mujeres por esta causa), pero en las que la izquierda ha aprovechado para difundir mensajes vinculados con su agenda política.

Así, la movilización social se ha convertido de nuevo en una herramienta partidista, y ha vuelto a la palestra el «No a la guerra», recuperado por el presidente de este Gobierno socialcomunista, Pedro Sánchez, tras el ataque de EE UU e Israel a Irán el pasado 28 de febrero. Lo que antes era un movimiento de carácter transversal es ahora un medio para intentar sacar rédito del movimiento feminista.
Además, los datos de asistencia a ambas marchas siguen lejos de las históricas manifestaciones de 2018 y 2019, cuando no había división. En estos dos años se registraron unas 300.000 mujeres en las marchas en Madrid. En 2020, poco antes del inicio de la pandemia, la cifra descendió a 120.000 asistentes. En 2021 no hubo convocatorias por la fiebre china ( covid ). Según los datos de la Delegación de Gobierno, en las dos convocatorias de este año de Madrid, han tomado parte apenas 35.000 personas, lo que significa un pinchazo total..
La más numerosa salió desde Atocha hasta casi la Puerta del Sol, convocada por la Comisión 8M, bajo el lema «Feministas Antifascistas. Somos más. En todas partes». En ella cincidió una nutrida representación de los dos partidos de la coalición de Gobierno (PSOE y Sumar), además de las dirigentes de Podemos Irene Montero e Ione Belarra. Las convocantes elevan a 160.000 el número de manifestantes, mientras que la Delegación del Gobierno calculó 24.000.
La otra convocatoria, la del Movimiento Feminista de Madrid, marchó desde Gran Vía hasta Plaza de España bajo la pancarta «Feminismo internacionalista»: «¡Ni violadas! ¡Ni explotadas! ¡Ni prostituidas! Feminismo internacionalista: ninguna mujer queda atrás». A la marcha, que difundió un claro mensaje abolicionista de la prostitución y contra la ley trans, asistió una delegación del Partido Popular ( PP ), y sus convocantes calcularon que habían participado unas 20.000 personas, que Delegación situó en 11.000..

En Barcelona, la convocatoria organizada por la Asamblea 8-M congregó –según la Guardia Urbana– a más de 23.000 mujeres, que portaban prendas, banderas y pañuelos de color morado bajo el lema «Ni un paso atrás. Lucha transfeminista ante el imperialismo colonial y fascista». Por su parte, la Coordinadora Moviment Feminista de Barcelona, que agrupa a una veintena de entidades, convocó su propia manifestación.
En Sevilla también hubo dos concentraciones diferentes por el Día de la Mujer, así como en Almería. Otras comunidades en las que el feminismo salió a la calle han sido la Comunidad Valenciana, el País Vasco, Canarias, Baleares, Navarra, Castilla y León, Aragón, Murcia o País Vasco.





















































































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