Las he llamado así porque no se ven. Unas están recogidas en Centros de Menores, otras son víctimas de la esclavitud sexual y las menos, ni siquiera se sabe donde están. Son casi mil las que han podido llegar a España de manera clandestina, según los registros oficiales.
Ellas apenas son el 8% de los menores emigrantes que tenemos en el territorio nacional, 894 exactamente, una minoría respecto de los menores varones. Como ellos, se sientes solas y además, son mujeres. O niñas, según se mire. Su salida del país de origen está peor vista que la de los chicos, son carne de mafias sexuales y viven escondidas por la redes de tráfico de personas. Por eso se sabe poco de ellas.
Estas chicas tienen claro su sueño. Pero esa aspiración tiene el coste de alejarse de sus madres con la consiguiente carga emocional del desarraigo y pese a ello, deciden emprender un largo viaje que puede durar hasta años. No cuentan las penas que han tenido que sufrir para llegar hasta aquí, a España, ni siquiera con voz entrecortada. Tardan mucho tiempo en superar el trauma de su aventura.
Hasta hay alguna que acaba aborreciendo el mar como secuela de su viaje en patera desde Marruecos. Peor hubiera sido aceptar el destino que se le tenía guardado : que su familia hubiera acordado su matrimonio forzoso con algún vecino o conocido, siguiendo la tradición local.

Las que han sido ingresadas en un Centro de Menores, opinan que la realidad que están viviendo, no es como la imaginaron cuando se marcharon. No entienden que, primero tengan que conocer nuestra lengua para poder estudiar lo que quieran después. Creen que en otro país europeo si se lo permitirían
Si miramos las estadísticas, en 2.014, fue el año en el que el número de chicas batió el récord, llegando a ser casi la cuarta parte de los menores inmigrantes ( MENAS en el lenguaje oficial ) que llegaron a España – el 23% exactamente- . Hay varias causas que explican ese desequilibrio en las cifras, entre niños y niñas. Estamos hablando de un colectivo que es muy vulnerable por tratarse de emigrantes, por ser menores y por estar solos. Y las niñas más por ser mujeres. Ellas sufren violencia machista y sexista en sus países nativos, de tránsito y hasta de llegada.
No hay que olvidarse de que, en los países de origen los papeles que desempeñan los niños y las niñas están claramente diferenciados. Los chicos son los que tienen que contribuir a la economía familiar mientras que las chicas se encargan de los cuidados de su gente. En este sentido, las niñas interiorizan una función sumisa cuya libertad está restringida por una autoridad masculina. De ahí que emigren menos.
Las menores además, pueden ser víctimas de mutilaciones genitales, matrimonios en contra de su voluntad y violencia sexual. Eso las incita a huir. El hecho de que partan de Guinea-Conakry, Costa de Marfil y Camerún es, en muchísimos casos debido a las sociedades patriarcales en donde viven, sin importarles los peligros que van a correr a lo largo del viaje, con destino a España o cualquier otro país europeo.

Son adolescentes que quieren construir su futuro, estudiar y trabajar, en lo que sea o en lo que puedan, porque lo importante para ellas es que quieren ser autónomas e independientes. No quieren volver a su tierra -aunque sea de vacaciones- sin haber cumplido su sueño de regularizarse y tener un trabajo. Les encantaría volver así para decirles a los suyos todo lo que han conseguido ellas solas, sin su ayuda.
Son muchas las menores que no avisan a su familia de que quieren abandonar su país de origen. Algunas, las menos, son conscientes de la suerte que han tenido si logran la complicidad de un hermano, que le ayude a organizar la fuga; que les den un poco de dinero o les compren un teléfono móvil, para que puedan tener un futuro. Después salen con lo puesto, sin avisar a nadie.
Los padres pueden tardar varios dias en saber que su hija ha emprendido el viaje. Lo habitual es que los llamen cuando se embarcan en una patera y les confirman que su propósito es llegar hasta Europa. Cuando llegan a tierra, se lo comunican para que sepan que han llegado bien. Después, lo hacen también desde el Centro de Menores, con carácter semanal, para que las madres sepan que están bien atendidas, que les dan mucha comida y que no han cogido ningún mal camino.
Es frecuente que, la búsqueda del futuro, que es lo que las mueve, se muestra idílico y falso. A partir de ahí, intentan buscarse la vida en el límite, con sentimientos que afloran como la desafección, la tristeza y el choque con la realidad. Son varios los duelos a que se enfrentan las menores que llegan solas y depende mucho de la edad que tengan. Para las más pequeñas es más fácil pero cuando son adolescentes, la situación es mucho más dura. No tienen redes de apoyo y están desamparadas. No tienen la edad de un adulto pero tampoco tienen la vida de cualquier niña.

La inmigración de las menores, las hace un grupo muy vulnerable. Obligadas a salir por motivos políticos, económicos o de violencia, dejan sus lugares de origen como personas marginadas y al adentrarse en un nuevo país, este riesgo no cambia porque se mantienen invisibles, evitando tanto a las autoridades como a los grupos criminales. Su condición de mujeres, las hacen diferentes de los chicos, asumiendo mayores riesgos particulares.
Es peligro más crítico de una niña inmigrante y de cualquier persona, es la muerte. Durante el trayecto, también están expuestas a diferentes tipos de riesgos que vulneran su condición femenina como suele ser el continuo hostigamiento sexual de cualquier compañero de viaje y las constantes amenazas de los traficantes de personas. Se integran en grupos compuestos de hombres y mujeres, personas mayores y niños, que tienen que recorrer grandes distancias en condiciones climáticas extremas porque una vez en marcha no se detienen. Pase lo que pase y afecte a quien afecte.
































