A pesar de los años transcurridos y del olvido generalizado de la sociedad española, los terroristas etarras ( convictos, confesos, condenados, acercados y hasta algunos puestos en libertad condicional ) y sus amigos, hacen lo que quieren en numerosos pueblos vascos y navarros. No en todos y menos en las capitales de provincia y grandes ciudades porque a mayor población hay más tolerancia y a menor población más odio.
Todos los que hemos pasado por allí en los años de plomo, recordamos con nostalgia los bonitos paisajes que la lluvia casi permanente los hacía notar. La presencia constante del paraguas y el protector de plástico de los cochecitos de los niños para que no se mojaran. A veces, era mejor llevar puesto el chubasquero para tener las manos libres.
Los que han vuelto como turistas, han podido comprobar que, en muchas zonas rurales continúan las pancartas reivindicativas, las fotos enormes de los presos de la banda criminal y los carteles desmedidos donde se siguen llamando guerreros ( gudaris, en vasco ) a todos los que integraban ETA. También persisten las que siguen llamado perros ( txakurras ), a la Policía y a la Guardia Civil, pidiéndoles que se marchen de allí.
En sus calles, es fácil encontrarse con familiares de presos de la organización mafiosa separatista que, con toda libertad y sin cortarse un pelo, hablando en tono alto para que los oiga bien todo el mundo; de como están esperando que a sus hijos los acerquen todos pronto a su país ( Euskalherria, Tierra Vasca en eusquera ) el Gobierno social-comunista de España porque no se merecen el castigo que les están haciendo pasar esos fascistas de españoles. Se refieren a esos chicos que cumplen condena por los muertos ocasionados en sus atentados.

Los vecinos que pasan por su lado no pueden decir lo que piensan sobre ello porque todavía temen las consecuencias que puedan tener sus comentarios. A lo que han escuchado, les gustaría responder que, a muchos de ellos no les ha agradado lo que ha hecho ETA durante décadas, porque han matado a mucha gente, han dejado viudas, huérfanos, familias enteras destrozadas. Han llenado las calles de sangre y han manchado la imagen de los vascos… y encima se quejan.
Esas madres ven a sus hijos en las cárceles aunque tengan que hacer muchos kilómetros pero las familias de sus víctimas solo pueden ir a los cementerios a ponerles flores en sus nichos. De esas familias no les dan pena. ¡ Que se aguanten, que no hubieran venido a reprimir sus derechos !, van diciendo a modo de justificación.
Esos vecinos que nunca dicen nada, que no van a las manifestaciones de apoyo a los presos, ni a las fiestas de bienvenida cuando los ponen en libertad, son sospechosos de estar a favor de la Policía y de la Guardia Civil y además, ni siquiera sus hijos aparecen por las tabernas populares ( herriko tabernas, en vasco ), que no son más que nidos de adoctrinamiento terrorista separatista.
Si les miras a la cara, ellas te responden con la vista fija, con ojos como si fuesen cuchillos afilados que pasan por tu cuerpo y entonces te entra un sudor enorme y te pones a temblar. No te puedes desahogar después de tantos años aguantándolo todo y no meterte en un lío que también puede afectar a tu familia. Los vecinos continúan su camino pensando que, una vez más se han podido contener.

Cuando llega el momento de llegar a sus casas y comentan con su familia lo que han visto : como Arancha, la mujer de Paco -el de Granada- que tienen en la cárcel a un hijo por ser de ETA; comentaba con otras vecinas en la puerta de la panadería del barrio, lo orgullosa que estaba de su hijo por ser un luchador, un guerrero, un héroe.
Y entonces, sus familias que los conocen bien, les preguntan : ¿ no les habrás dicho nada, verdad ?. Porque ellos saben lo que tienen que decir si les preguntan por los presos para que toda su familia pueda seguir viviendo en esa paz vigilada : que no les interesa la política. Que tienen que seguir con la boca cerrada para no sufrir represalias y poder seguir dejando el coche en la calle.
Este relato que parece sacado de los años setenta y ochenta del siglo pasado, ocurre en la actualidad aunque algunos se empeñen en decir que ya no hay miedo, ni intimidación y quieren transmitir que todo está bien en la normalidad cotidiana. Todavía hay gente que sufre el infierno por vivir en algún pueblo vasco o navarro. Y para los escépticos, recordarles que ayer se celebró en Alsasua (Navarra ) el Día del Adiós ( Ospa Eguna, en eusquera ) de la Guardia Civil de la citada localidad, con la anuencia de la Audiencia Nacional, atendiendo la opinión de la Fiscalía que era partidaria de su celebración.



























