El Gobierno socialcomunista que nos ha tocado en suerte, ha sobrepasado todos los límites de una moral pública e institucional que debe de presidir en un país como España, incardinado en lo que conocemos como mundo occidental; que no distingue entre la ética de los actos, de los intrínsecamente malvados, dañinos y ofensivos.
Me estoy refiriendo al escándalo que supone para cualquier Estado de Derecho normal, el proceso de blanqueamiento que se está haciendo a la banda terrorista ETA y a su criminal historial delictivo que, durante más de cuatro décadas de actividad, intentó poner de rodillas a España y a los españoles a través de los medios más brutales y despiadados.
Al apadrinar una política de colaboración con los sucesores de los terroristas, mercadear su respaldo, destacar sus méritos para la estabilidad gubernamental; el Gobierno de la nación ha cambiado de bando, yéndose al lado equivocado, en lugar de estar del lado de los demócratas y las víctimas de la violencia separatista como es su obligación. Tiene que estar con los más débiles, con los más vulnerables….como no para de decir para hacer lo contrario.

Desde el momento en que Bildu es considerado como un grupo político más, como una referencia democrática y hasta un ejemplo por el sanchismo que no por el socialismo, en contraste con la oposición tradicional; la adulteración de los valores fundamentales son un hecho y la deriva consiguiente de actos ejecutivos va en consonancia.
Los principios constitucionales, han estallado por un puñado de votos y unos meses más en el poder y el relato oficial ha sido convenientemente manipulado, ante una sociedad desorientada y absorta, en la que se consagra un escenario homologable a la derrota del vencedor. Ni el socialismo oficial, ni sus socios comunistas y antisistemas, esconden ya sus decisiones, convertidas en la compensación a los filoetarras por sumar sus escaños al Gobierno; como tampoco ocultan su desapego a las víctimas del terrorismo, un colectivo molesto, convertido en la conciencia de un país y un tiempo que estorban a esta izquierda extremista.
Se realizaron 547 actos de homenaje a los presos terroristas vascos durante el año pasado, en 2022, sin que autoridad alguna del Estado haya intentado -al menos- entorpecer esta felonía. Que se jalee en la calle a los asesinos de hombres, mujeres y niños, como sucede cada vez que uno de estos criminales alcanza la libertad, en demasiadas localidades vascas y navarras, dan idea de la talla de esta parte de la sociedad vascuence y también de todas las instituciones que miran para otro lado.

En las fiestas patronales de los pueblos de esta región tan históricamente española, los defensores del terrorismo, las vuelven a utilizar para incitar al odio, con programas paralelos a los oficiales, dentro de una campaña de burla y acoso a los Cuerpos Policiales del Estado, Policía y Guardia Civil, que son tratados como fuerzas opresoras de las comunidades vasca y foral. El verano pasado, la población navarra de Echarri Aranaz, se destacó por su acoso y burla a la Guardia Civil, como símbolo de ese Estado que ha permitido la dispersión de los presos de la banda y no les concede su merecida amnistía.
Pero este no es un hecho aislado sino que se enmarca dentro de una campaña que se hace cada verano en las localidades más contaminadas por el independentismo vasco, cuya finalidad no es otra que acosar y generar un ambiente de presión sobre los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado allí destinados, hasta conseguir su aislamiento social para que se marchen de aquellos territorios.
Da idea también, de la capitulación de la democracia de los que hoy la dirigen, el intenso proceso de entrega de los criminales presos a las nuevas autoridades penitenciarias vascas, que ya acogen al 100% de ellos y de los que queda uno solo por trasladar; cerca de sus casas y de sus familias. Todo ello, sin haber colaborado con la justicia, sin arrepentirse y sin pedir perdón a los familiares de sus víctimas.

Sánchez y Marlasca, han enlutado a la democracia con una mancha de infamia que costará limpiar. Será el primer deber de otro Gobierno, el de honrar a nuestros muertos, esos que en esta etapa tan progresista se han quedado tan solos.





































