Los nacionalismos, en general, son movimientos políticos arraigados en los sentimientos y en las emociones. A ellos, en España, hay que oponerse con la Constitución en la mano para impedir los vacíos que puedan encontrar y que arrasen con todo. Hay que plantar cara a las sensaciones y hay que elaborar una serie de relatos que refuercen o acompañen nuestro compromiso constitucional.
Todo el mundo sabe que, el nacionalismo, es un elemento muy eficaz para movilizar a la gente, a la población en general, por ese sentimiento de pertenencia a algo distinto. Si el resto de la sociedad, no tiene nada que decir, no presenta batalla en el mismo plano de las emociones y los vínculos que unen a las personas, se verán desplazados por aquellos a los que no les preocupa esa unión y que, a su vez, buscan comunidades basadas en las etnias y en las lenguas.
Hace años que, las democracias del mundo, sufren peligros y ataques sensibles. En España, el movimiento secesionista catalán, como golpe de Estado populista, está haciendo temblar los cimientos del Estado. En Europa, hay signos preocupantes como el Brexit y los rugidos populistas de Polonia y Hungría. Estos fenómenos tienen una expresión a escala nacional, como el descrédito generalizado de las instituciones de la democracia liberal. Si no se hace nada, barrerán a los contrarios.

Los nacionalismos, saben leer los agravios de la sociedad, explotar el victimismo y dividirla. Pero no se puede oponer con la misma fuerza que ellos porque se mostraría la misma simpleza. Hay que ofrecer algo, una respuesta colectiva que no esté basada en los mitos que teníamos. Hay que identificar los momentos constructivos, que son excelentes, para ir construyendo puntos de apoyo pero sin exagerar, porque nos llevaría a una sociedad asfixiante e imposible de vivir. Es lo que ha pasado en España durante los últimos 46 años, que ha habido una renuncia al mito nacional y con el paso de los años, la propia sociedad se ha debilitado.
Esos mitos necesarios, no se han sabido construir porque no ha habido un plan para ello. En España, siempre se improvisa. Cuando se hizo la Constitución y con ella los cimientos de la democracia, casi nadie de los que protagonizaron ese momento, pensaba que duraría más de cinco años. Eran soluciones para ese instante, para evitar una nueva Guerra Civil y llegar a una democracia lo más rápidamente posible. No estaban pensando en 2.021. Por eso, toda preocupación sobre memoria histórica era un debate que ellos no fueron capaces de prever. Se dieron cuenta tarde.
El nacionalismo intenso que se ha producido durante las últimas décadas, ha calado en todos los ámbitos públicos. Por eso, se ha producido una ruptura en la población catalana. Hay una parte de la misma que se ha desconectado, que no está en el mismo sistema y la misma preocupación y que considera que España es una tiranía y existe una opresión hacia ellos. Esta estrategia, enraiza porque es consoladora, porque te permite tener un sentido de la vida.

Pertenecer a una nación oprimida o a una causa que lucha contra el mal, le seduce a mucha gente. De igual manera que existe un prestigio en reclamarse víctima o un placer en sentirse parte de un proyecto por desarrollar. Es como un sentimiento religioso y es muy difícil oponer argumentos racionales a eso porque no calan. Uno de los éxitos enorme del nacionalismo catalán ha sido inocular ese sentimiento de trascendencia y de misión de la vida en una parte de la sociedad. Es complicado entenderse con eso. Es como si Erasmo de Rotterdam discutiera con el Papa.
Pero todavía quedan elementos de cohesión para combatir ese nacionalismo. Las instituciones españolas son más fuertes de lo que parecen y por eso nuestra democracia está aguantando mucho. Lo que indica que hay más gente razonable de lo que se pueda creer. A veces, nos ciega el ruido que generan los populistas desde un extremo de la habitación. Los síntomas de que la cosa no es tan grave, es el silencio de la mayoría -que no participa en ese debate- donde hay demasiada bronca y un tono inapropiado para plantear preocupaciones.
En el momento en el que estas personas encuentren un discurso en el que se puedan sentir identificados y cómodos, se expresarán. Pero si los que tienen algo que decir, se callan; se hace el juego a los que gritan y ayudan a que se oigan más. Los que tienen inquietud por la democracia deben salir de su silencio y compartir opiniones para no sentirse solos.

Es lo que está pasando con la decisión judicial de que al menos, se impartan, en la escuela catalana, las clases en castellano, en un 25%; que apenas hay resistencia. Y eso que debería de ser al revés, 75% en español y 25% en catalán. ¿ Cómo se ha permitido esta monstruosidad ?, que ahora quiere imitar la Comunidad Valenciana.
España, tiene una lengua común cuyo uso destaca a nivel mundial por los numerosos países – más de una veintena- que además, la tienen como idioma oficial y no se les ocurre otra cosa a estos nuevos totalitaristas, que van oficialmente de progresistas, de obligar a los residentes de Cataluña a hablar un idioma perfectamente inútil en un mundo globalizado, cuando las horas dedicadas a ese dialecto del occitano francés, se podrían utilizar para aprender idiomas muy necesarios para el futuro que nos aguarda, como son el inglés, el chino y hasta el alemán.
Y ya, en el colmo de esta opresión nazi tan excluyente, se ha presentado el caso de esta familia que pide que se cumplan las leyes y las resoluciones judiciales en la enseñanza de los colegios catalanes, respetando el idioma común de todos los españoles, que tienen el deber de conocerlo y el derecho a usarlo, como así está recogido en nuestra Constitución.
La sociedad española, tiene que reaccionar ante este fascismo racista que está separando a familias enteras y hasta la Universidad, donde están pintarrajeando las puertas de los despachos de profesores que se niegan a entrar por el aro de un localismo, fruto de ignorantes y perdedores de la Historia que se retrotraen sobre sí mismos, en lugar de asumir que guardar su lengua no es incompatible con colocar, por encima de ella, la que hablan seiscientos millones de personas en todo el mundo.
Nadie discute y hasta Franco lo entendió y lo permitió ( Omnium cultural, enseñaba catalán líbremente desde los años sesenta ) que, el catalán, es una seña de identidad que tiene reconocimiento constitucional y que hay que preservarlo, pero el irredentismo catalán debería de ganarle al corazón en esa apuesta por una forma de hablar inútil fuera de Cataluña. Es el miedo a la libertad, lo que demuestra el nazismo catalán que intenta amedrentar a una familia y a quien se atreva a imitarla. El nacionalismo, le ha hecho mucho mal al mundo y este catalán, tan cobarde, le puede hacer mucho más de lo que le está haciendo ya a toda España. Hay que decir NO, una y un millón de veces, antes de que estos tarugos tomen del todo su tierra y hasta la española, transmitiendo su odio a toda la península.


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