EL RACISMO NO ES UN VIRUS ( y 2 )

Sobrepasada la primera década del segundo milenio, la humanidad se encuentra frente a un nudo de problemas de cuya solución depende su propia supervivencia. Si el aspecto más dramático de la trampa en que ha caído nuestra especie es el que se refiere a la polución; otro aspecto de esa trampa es el que produce la alianza entre la superpoblación y la miseria que puede apreciarse en gran parte de nuestro planeta.

Buena parte del mundo al que se le designa, de un modo eufemístico como “en vias de desarrollo “, ha encontrado muchas veces más dificultades de las previstas en intentar acceder a una autonomía económica y a un mínimo de bienestar y, -en numerosos casos-, no ha podido ni emprender el intento o esas intenciones se han venido abajo directamente.

También se han desvanecido las ilusiones que podían nacer, con relativa facilidad, de los modelos de desarrollo distintos al del capitalismo, como por ejemplo, los de tipo socialista o bien los de carácter local o comunitario. Por el contrario, todo lleva a sospechar que la organización social de la humanidad ha inventado hasta el momento -desde la revolución industrial en adelante- un solo sistema que funciona y permite comer a las gentes: el industrial, liberal y capitalista; a pesar de todos los inconvenientes.

En este marco, el problema de convivencia entre etnias coincide con una nueva fase de competitividad para el acceso a los recursos : las comunidades del viejo mundo, que desde siempre fueron mayorías y tuvieron el poder político y administrativo en sus áreas geográficas, deben contar ahora con la presencia en su propia casa, de nuevas poblaciones decididas a conseguir – a cualquier precio- su cuota o parcela de bienestar.

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Nos dirigimos hacia crecientes problemas en la convivencia de culturas. Pero ¿ qué significa ésto ?. Hasta hace pocos años se creía que la cuestión era relativamente simple. Según el modelo más convencional, se pensaba que éste era un asunto de asimilación gradual e inevitable: los inmigrantes , se decía, se integrarán poco a poco en la cultura que los acoge ; y si por una parte, a los nacionales se les orienta hacia una política de protección de las minorías y por otra parte, estas minorías tienden a incorporar los valores de la sociedad en la que ahora viven ; el resultado será un fortalecimiento de esa sociedad con la contribución de una energía y una inteligencia nuevas.

Esta visión esencialmente optimista, a medida que ha evolucionado sin cambiar sustancialmente –aunque corrigiendo algunos de sus perfiles más paternalistas y etnocéntricos- ha introducido, sobre todo en Estados Unidos, los principios más democráticos del relativismo cultural. Según estos principios de igualdad, no existen culturas superiores e inferiores, dado que cada orden social tiene su equilibrio propio y obviamente una dignidad igual.

Existe en cambio, la posibilidad de un encuentro entre culturas, entendido como cambio recíproco e interasimilación. De ahí la propuesta de una sociedad estructurada sobre una base multiétnica, ya no concebida según la vieja idea de la matriz cultural anglosajona y puritana, sino según un modelo más igualitario. Se trata del modelo de un universo de ciudadanos que se confrontan y maduran a partir de matrices diversas, en un clima de progreso civil en el que todos pueden acceder con los mismos derechos, a la escolarización y el bienestar.

Una ideología de éste tipo, fue la que nació en Estados Unidos y ahora está difundida en Europa. Se trata de una ideología progresista y cargada de buenas intenciones, aunque ya comienza a pensarse que, tal vez, sea una ilusión. Del propio Estados Unidos nos llega un mensaje mucho más pesimista. En ese país, la asimilación de algunas culturas minoritarias, como aquella que tiene su origen lejano en África, ha fracasado sustancialmente; la asimilación de las culturas de los países de habla hispana, se está revelando como un hecho difícil y quizá imposible en algunas zonas ; y por el contrario, despierta un enorme interés el hecho de que los jóvenes recién llegados procedentes de Extremo Oriente -principalmente chinos y vietnamitas- se van integrando con extremada facilidad en la sociedad norteamericana y se destacan desde el nivel escolar hasta los últimos cursos de las universidades, además de los buenos resultados que están dando en los institutos de investigación.

Estos resultados tan diferentes que se registran entre las diversas comunidades, no pueden explicarse tan solo en base al hecho de que algunos núcleos étnicos son discriminados más duramente que otros. Resulta difícil extraer conclusiones a partir de éstos datos. Lo único cierto es que todo es más complicado de lo que se pensaba.

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También en Europa nos dirigimos hacia una sociedad multiétnica. Pero la hipótesis que enuncia que todas las culturas tradicionales -tanto las industriales como las que no alcanzan ese grado- son portadoras de una dignidad semejante y de los mismos valores resulta de una hipocresía en la que ya, casi nadie, se arriesga a creer . Principalmente cuando constatamos que la plena integración de una minoría en un país occidental, difiere según se trate, de una minoría o de otra y ni aun así está garantizada.

Deberá concluirse entonces, que también en Europa, el fenómeno de la convivencia entre culturas, es algo menos fácil de lo que se preveía, diferente según los casos- ; variable en el tiempo y dependiente de importantes influencias políticas y económicas. Ya se han dado situaciones de grave conflictividad social tanto en Francia como en el Reino Unido, que se repetirán en el futuro y que brotarán también en otros países del entorno. Es más que probable que, en los próximos años saldrán a la luz resentimientos y prejuicios; y entre éstos últimos, emergerán muchas temáticas racistas.

EL RACISMO NO ES UN VIRUS ( 1 )

 

Durante los últimos años, los medios de comunicación social se han ocupado mucho de los fenómenos de intolerancia hacia los inmigrantes y de nuevos episodios de antisemitismo. Pero el racismo -al contrario de como frecuentemente se le presenta- no es un virus, ni una suerte de veneno social que, atrapado en las alcantarillas de la historia, periódicamente resurge con el fin de destruir las buenas relaciones de convivencia.

Los fenómenos de racismo, por ser psicológicamente complejos y sinuosos, siempre se destacan y asumen su perfil sobre un determinado fondo histórico. Por ejemplo, no es difícil reconocer características muy específicas en el racismo más notorio y conocido, el ejercido tradicionalmente por los cristianos, desde siempre políticamente hegemónicos en Europa, contra las minorías hebreas.

Probablemente es verdad que, los hebreos en Europa han sido portadores durante muchos siglos, de un sistema de valores y formas de conocimiento muy funcionales para preservar su propia supervivencia que, en cierta medida, resultaron “más eficaces” que los valores cristianos y en particular, que los católicos. En consecuencia, durante varios siglos, el nivel medio educativo y cultural de estas minorías ha sido, sin duda, más alto que el de las otras religiones.

Por todo ello, a lo largo de la historia, han tenido éxito en el ámbito comercial primero y más adelante en el de las profesiones intelectuales. Partiendo de esta base, puede concluirse que, en los odios e intolerancias que ha ostentado el antisemitismo europeo, han participado -al menos hasta las primeras décadas del siglo pasado- , factores de competitividad social que han estado por encima de los recelos e incompatibilidades ideológicas y del resurgimiento de las dinámicas persecutorias y expiatorias.

Hay otros modelos de racismo que son totalmente diferentes. Por ejemplo, en el racismo tradicional que sustentan los norteamericanos de origen europeo frente a los de origen africano de piel negra. Estos últimos son acusados de ser dóciles pero esencialmente indolentes; poco inteligentes en general y por tanto, incapaces de sobresalir o destacarse desde el punto de vista social. Acusaciones que nadie se ha atrevido a hacer a los hebreos.

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Si continuáramos citando ejemplos de manifestaciones racistas, se pondría aún más en evidencia la heterogeneidad de las situaciones y de las dinámicas. De todos modos, no se trata solamente de cuestiones puramente psicológicas o de intolerancia, sino de relaciones y conflictos , sobre todo , entre culturas y casi siempre de éxitos directos o indirectos, de formas de competitividad para poder acceder al control de los recursos.

Mostrar el racismo como una epidemia o un virus, significa no querer explicar lo que sucede en concreto. Es justo y legítimo enfrentarlo, pero la etiqueta de racismo, sirve a menudo para generalizar, hecho que tiende a borrar la imagen de los seres humanos en quienes se originan los problemas y nos impide comprender las dificultades particulares de la convivencia.

A estas dificultades hay que añadirles los prejuicios, entre otros, los que inspiran las minorías étnicas y, en consecuencia, las infinitas formas y variedades del racismo. Parece cierta la hipótesis que expresa que, gran parte de los actuales fenómenos de intolerancia y racismo, están en relación con la tendencia a enriquecerse -aún más- que tienen los pueblos más ricos, mientras las grandes masas populares de los países más pobres, ven cómo aumenta -año tras año- la distancia que los separa de una situación de bienestar.

 

EL CARNICERO DE SIRIA

Cuando los jóvenes sirios salieron a la calle en marzo de 2011, pidiendo democracia a Bashad Al-Asad, ya sabemos lo que vino después: medio millón de muertos -de los cuales algunos miles fueron gaseados- y cuatro millones de desplazados.

Tras unas breves floraciones de la primavera árabe, la oposición moderada se organizó para pedirle al dictador, de manera pacífica, que dejara el poder y celebrara elecciones libres. La última vez que a su padre le pidieron elecciones en 1980, en Hama, localidad de setecientos mil habitantes, Hafed El-Asad envió al Ejército porque la multitud gritaba en las calles para celebrar el simple hecho de que podían protestar.

Los habitantes de Hama, creyeron las promesas democráticas -engañosas- de Hafed y que el Ejército iba a garantizar las elecciones solicitadas. Lo que hicieron fue matar a unos dos mil hombres -sólo varones- porque la orden era respetar a mujeres, niños  y ancianos; asesinándolos con gas mostaza. En Siria, nadie volvió a pedir elecciones y democracia hasta la « primavera árabe » de marzo de 2011.

Bashar Al-Asad, médico oftalmólogo, que hizo la especialidad médica en el Reino Unido , con larga residencia londinense donde pasaba consulta y se casó con una infiel protestante; respondió a la oposición moderada como hizo su padre: a sangre y fuego. Lo llevaba en sus venas. El mundo occidental conocía al matrimonio Asad gracias a las revistas del corazón porque daban una imagen de jóvenes, guapos, cosmopolitas, tolerantes…, en fin, ningún parecido con la realidad posterior.

Tras las primeras matanzas de Bashar, la oposición al Régimen tuvo que organizarse dado el alto número de facciones y el Presidente Obama envió cuatro mil asesores militares para ayudarles. Ahora el Presidente Trump tiene a diez mil marines colaborando con la oposición y protegiendo a la población civil.

Al final, se han unido para echar a Bashar El Asad, Turquía, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, por un lado ; y para mantenerlo, Rusia, Irán y China. En el fondo planea una de las reservas de gas más importantes de Oriente Medio. Quizás. después de todo, el gas, sea la clave de la internalización del conflicto.