En la España actual y al abrigo de la libertad que proporciona el orden constitucional crecen sus enemigos, como el separatismo vasco o catalán o el comunismo rampante. Luego, esa generación lleva a cabo sus golpes de Estado, como el ocurrido en Cataluña en octubre de 2017; llama a cercar el Congreso de los Diputados en septiembre de 2012 ( que acabó con 21 detenidos por causar desórdenes públicos y enfrentarse a la Policía ) y rodearlo en septiembre de 2016 para impedir la investidura como Presidente del Gobierno de Mariano Rajoy, cuestionando el sistema democrático y Pablo Iglesias emocionado cuando la turba agredía a la Policía y aplaudía a los que incendiaban las calles.
España es una nación que parece que existe de milagro. Tiene el mecanismo de autodestrucción en funcionamiento constante. Cuando cree que ha llegado la estabilidad y la concordia surge una generación que considera que todo es destruible y que de la escombrera saldrá el paraíso. Tiene lugar, como señalaba Tocqueville, tras un período de aburrimiento. Es en esa tranquilidad en la que se fraguan conspiraciones de visionarios y golpistas de opereta.
Así interviene una clase dirigente que olvida su responsabilidad hacia la población y se cree con la misión histórica de alcanzar el poder como sea para organizar la nación a su gusto. Después llega la sangre y la dictadura.

Esta sensación de país suicida no es nueva, ya se vivió en 1917 que fue el año más terrible de la llamada Restauración Española. Ese tiempo nos ha llegado de forma fragmentaria como un conjunto de desórdenes típicos de la época: una huelga revolucionaria, unas juntas militares y el catalanismo con su ambición de unidad de destino en lo universal.
Al lado, un rey débil y anticuado, un Alfonso XIII, sin inteligencia ni visión de Estado que hasta prefirió la posterior dictadura de Primo de Rivera a la democratización de España. Frente a este panorama, la historiografía nos presentaba la modernidad de socialistas y republicanos; el romanticismo sacrificado con el que lucharon y la oportunidad que se perdió. Pero resulta que no fue así.
Si se consulta la enorme documentación disponible sobre la época para conocer en detalle los acontecimientos ocurridos y obtener una conclusión clara, 1917 fue un año trascendental en la historia contemporánea española porque rompió las convicciones de la monarquía constitucional, impidió la transición política hacia la democracia e inoculó la tentación autoritaria que marcó la vida estatal hasta 1.975.

Ese año, se dieron cita tres proyectos para destruir el marco de convivencia que convergieron inspirados por la Revolución Rusa de febrero. Todo empezó en Cataluña, Francisco Cambó fue uno de los políticos catalanes más importantes del comienzos del siglo XX. Nacionalista, con poder y partido propio ( Liga Regionalista ), se enriqueció de forma turbia con una empresa de electricidad y acabó recaudando dinero de la burguesía catalana para Franco.
Cambó fue el cerebro de la revolución de 1917. El objetivo era la proclamación del Estado Catalán para una España confederal, unida por una Corona común y un Parlamento de mandatarios regionales. Ese fue el programa de la Asamblea de Parlamentarios, una cámara ilegal que reunió a representantes catalanes. Esto suponía el fin de la nación española de ciudadanos libres e iguales a cambio de un conjunto de territorios soberanos. Hay que recordar que el Partido Nacionalista Vasco ( PNV ) estaba ya muy implantado y que en 1919 apareció Blas de Infante, -hoy citado como padre de la patria andaluza- hablando de una Andalucía independiente.
Este proyecto, precisaba crear un ambiente de agitación social con la colaboración de los sindicatos y tener de parte al Ejército. En esa situación de desorden, se obligaría al Rey a formar un gobierno ajeno al turno de partidos para convocar unas Cortes Constituyentes. Esos revolucionarios tenían la obsesión del proceso fundador para construir pueblo como hoy socialistas ultraprogresistas, comunistas e independentistas.

La realidad fue que se formaron Juntas de Defensa militares que eran auténticos soviets ( organización comunista de carácter asambleario ), en grupos ordenados por Cuerpos que despreciaban la jerarquía y aspiraban a derribar al Régimen. Los sindicatos anarquistas como la Confederación Nacional del Trabajo ( CNT ) y socialistas como la Unión General de Trabajadores ( UGT ) llegaron a un acuerdo para crear también su propia red de soviets que asumiera el poder en cada localidad, formando así una estructura de poder contra el Estado. Esto pasaba por sublevar a los trabajadores y tomar fábricas con la necesaria dosis de violencia revolucionaria contra la clase explotadora.
Así transcurrió la insurrección de agosto de 1917, el episodio más sangriento ( 127 muertos y 349 heridos graves ) hasta la Revolución de Octubre de 1934. Julián Besteiro y Largo Caballero acabaron encarcelados por alentar los desórdenes como dirigentes del PSOE y UGT. El fallo de los sindicalistas estuvo en no esperar la confluencia con la Asamblea de Parlamentario y juntas militares.
El fracaso no debilitó la revolución. El golpe militar de las Juntas de Defensa se produjo en octubre de 1917 con el apoyo de socialistas, republicanos y catalanistas. El Gobierno no podía contar con el ejército y el Rey, Alfonso XIII pensó en la abdicación para salvar la monarquía y la situación; dejando el poder en un gobierno formado por los mismos grupos políticos que habían apoyado el golpe, combinación que en esos momentos hubiese sido el caos.

La intervención de la Reina madre, María Cristina de Habsburgo fue crucial para la impedir la renuncia del Rey. La solución para salvar la crisis fue el cese de Eduardo Dato y el nombramiento de García Prieto. Ambos políticos, uno conservador y otro liberal, fueron los que asumieron la responsabilidad para mantener el sistema.
El paralelismo entre aquel estado de cosas y la situación actual puede asustar. Entonces la revolución no pudo triunfar por las ambiciones particulares de los conspiradores. Cambó dijo que quería un Estado catalán, pactando con el Rey si era necesario. Esta continuidad de la monarquía no entraba en los planes de socialistas, republicanos y reformistas. Fueron los españoles con su voto los que frustraron la revolución con unas elecciones ejemplares en 1918. con el 91% de los electores que obligaron al republicano Marcelino Domingo a decir que fue cuando más pudo evidenciarse el espíritu civil del país.


































