LA ESCENA QUE FALTABA EN LA PELÍCULA «TORRENTE PRESIDENTE».

El jaleíllo de bragas entre José Luis Ábalos y Jéssica Rodríguez tiene mucho de lo de siempre. Ayer «nueva ilusión», hoy que si era una prostituta. Ayer la «querindonga» y la «sobrina» y hoy el cuidado extremo con las palabras, no vaya a ser que alguien diga lo que no conviene o, peor aún, lo que sí conviene pero en un tribunal. España, que tiene un diccionario entero para estos menesteres –me acuerdo de Francisco de Quevedo definiendo al dómine Cabra en «El Buscón»–, aquí se queda calladita, sin sinónimos.

La relación, que hemos seguido a capítulos, como un serial televisivo turco actual -antes fueron los venezolanos- no desentonaba de tantas otras. Mensajes a deshora, viajes de tortolitos, una «casita de novios» en Madrid y ese ir tirando tan nuestro, sin demasiadas preguntas. Ella elige el piso «porque me gustaba ese y ya está». Él resuelve. Y la vida, más o menos, se va colocando sola, con ese orden despeinado que tienen las cosas cuando funcionan mientras nadie las mira demasiado. Un acuerdo tácito, de esos que no se firman pero se entienden… y que aquí y en Lima suelen acabar mal.

Hasta que alguien mira. Y apunta. Y entonces aparece el fiscal, que es como la vecina viuda que oye la discusión a través del tabique y luego la cuenta con pelos y señales en la frutería. Lo que era historia privada, pagada con dinero público, pasa a ser interrogatorio. Y en ese tránsito se pierde el tono. Ya no hay matices, sólo preguntas. Entre ellas, la que deja el aire como raro: si Jéssica se dedicó a la prostitución. Ella, odontóloga colegiada, lo niega. Pero la pregunta ya ha hecho su trabajo, que es quedarse flotando, como esas frases que luego se repiten en bucle y acaban impresas en tazas y camisetas.

Lo curioso no es tanto el qué, sino el cómo. El rodeo. El titubeo. El decir sin decir. Ahí es donde uno se acuerda del torero mexicano Rodolfo Rodríguez, «El Pana», que en un brindis del toro que iba a matar, tiró de repertorio sin complejos dedicándoselo: «a todas las daifas, meselinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis y demás putas». Aquí, en cambio, en la sede judicial, se camina de puntillas. Habiendo mil palabras, se escoge no usar ninguna, como si la censura fuera una forma elegante de salir del paso y no una elección de meapilas o «cagapoquitos».

Mientras tanto, los detalles domésticos –el alquiler de 2.700 euros, el enchufe en puestos «fantasma», el gato operado de la «pierna» como un centrocampista de mi Atlético del alma, dibujan una escena que casi enternece, si no fuera porque la pagamos nosotros. Una vida a medias, hecha de favores, continuidades y pequeñas certezas, muy de andar por casa. Como tantas. Solo que aquí la casa tenía más llaves que el conserje de los macroburdeles del Paseo de las Delicias, en Madrid..

Y en mitad de todo, uno no puede evitar pensar que, si esto lo filmara Santiago Segura, nos parecería exagerado. Pero no: esto es la versión real de «Torrente, presidente», donde el guión no lo escribe un cineasta con afán taquillero, sino la realidad con la leche que le dieron. Al final, queda lo de siempre: la distancia entre lo que se dijo y lo que se dice. Entre la ilusión y la explicación. Entre el recuerdo y la incomodidad, que suele ser lo último que queda cuando baja la marea.

Hace dos semanas, con el comienzo del juicio al exministro Ábalos y a su ayudante, Koldo, saltó a los medios de comunicación el tema de las señoras mantenidas por su pareja, y, por mantenida, quiero expresar que el antiguo ministro que está siendo juzgado actualmente, se encargaba económicamente de la manutención, la vivienda, el veterinario del gato, los gastos generales de estas mujeres, e incluso de conseguir un trabajo de broma a alguna de ellas, donde le pagaban pero no había que trabajar, siendo lo máximo que se les exigía era leer libros de trenes en la biblioteca pública y que aunque es un oficio que suele estar muy mal pagado pero que es este caso daba para mucho.

No obstante y como es natural, los periodistas han tratado de ser lo más correctos posible a la hora de contar los intríngulis de estas relaciones del entonces ministro con las señoras, alguno se ha permitido la libertad de llamarlas ‘amantes’, claro está que por ser él casado no las podían llamar ‘novias’. Pero lo cierto es que creo que la expresión ‘amante’ no refleja bien la relación que este señor mantenía con ellas.

Un o una amante es una persona comprometida en una relación con un hombre o mujer casados, pero no tiene por qué haber además una aportación económica por parte del señor. A este tipo de relación en el que un hombre casado se lía con una mujer y le paga los gastos, se le ha llamado siempre «tener una querida», aunque la expresión está en desuso, y también se utilizaba en masculino, para decir, por ejemplo, «doña Pepita, como tiene mucho dinero, se ha echado un querido más joven que su marido».

Los jóvenes de ahora quizá no lo sepan, pero los de mi generación vivimos una época en la que el oficio de querida estaba bastante extendido. Siendo yo todavía un muchacho, me fuí a Madrid, a casa de unos tíos para preparar las oposiciones a la Policía y en el primer piso de mi edificio vivía una querida. Se llamaba Marí Carmen, era muy guapa y muy buena persona. Como es natural, vivía sola, y a veces le decía a mi tía que si, podía bajar a jugar a su casa un rato y así le hacía compañía. La mayoría de las veces iba acompañado por algún otro joven como yo vecino de la misma escalera por aquello del qué diran. A cambio nos daba de merendar y eso que se ahorraba mi tía, que no estaban los tiempos para despreciar meriendas gratis, aunque estuviesen pagadas con el dinero del pecado.

Cuando venía el querido –un hombre de casi sesenta años, casado por supuesto, que se llamaba don José y era médico-, mi tía me encerraba en su casa no vaya a ser que se me ocurriera llamar a la casa de Marí Carmen e importunara alguna cosa. En la misma calle, vivía otra querida que se llamaba Isabel, y todos los vecinos lo sabían. Ellas no salían nunca a la puerta de las casas a hablar con las vecinas en las tardes de verano pero la gente las trataba con normalidad porque era época de mucha pobreza y aquello era una especie de oficio socialmente reconocido

Hasta un cura que pasaba a menudo por la calle, si se cruzaba con Marí Carmen o con Isabel , las saludaba con gesto algo adusto pero comprensivo, y les dirigía alguna frase de este tipo: «A ver, hija mía cuando te veo por el confesionario». Ellas le sonreían y decían: «Alguna vez será, don Pedro», y se metían enseguida en sus casas a encerrarse de nuevo muy sonrosadas.

Pero si algún lector de este blog, al ver las sesiones del juicio de Ábalos, -todavía quedan unas cuántas- se le ocurre la idea de echarse una querida, debe tener en cuenta que es muy distinto hacerlo siendo ministro que dedicándose a cualquier otra profesión. Por lo que estamos viendo en el juicio, es un tema caro. Y, si se trata de una querida que no tiene trabajo y pone como condición para el sexo extraconyugal que le busque un empleo donde le paguen un sueldo sin trabajar, la cosa se complica mucho más. 

En cualquier caso, no hay que envidiar al ministro. Para mantener a las queridas, ha tenido que hacer, presuntamente, tráfico de influencias, cohecho, malversación de fondos públicos, falsedad documental, etc. Es decir, estar todo el día liado o mandando a alguien a ocuparse del tema. Es el problema de los políticos puteros. Qué pereza. No creo que merezca la pena.

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