AUTOR: Juan Francisco Alcaraz Díaz, Comisario Principal ( Jubilado ) del Cuerpo Nacional de Policía.
«Hemos venido aquí porque estamos desolados y nos sentimos airados«, arrancaba el discurso que la destacada periodista Victoria Prego, leyó el 14 de julio de 1997 como colofón de una manifestación masiva e inédita hasta la fecha en España, cuando una riada humana de más de un millón y medio de personas se lanzó a las calles de Madrid capital – y de otras ciudades- para clamar su rabia y su dolor por el asesinato de Miguel Ángel Blanco.
Un padecimiento colectivo, supurante, que era por el joven concejal del PP de Ermúa ( Vizcaya ) recién matado cobarde y miserablemente por la espalda, de dos tiros en la nuca en mitad de un bosque, cumpliendo así el método habitual de ejecución terrorista pero también por las 815 víctimas que vinieron antes de él, como bien recordaba la periodista en su alocución, y las 41 que, sin saberlo aunque intuyéndolo, todavía estaban por llegar antes de la disolución definitiva de la banda terrorista vasca ETA.
«Sin embargo, a pesar del estupor, de la ira y de la pena, creo que todos nosotros, los madrileños que estamos juntos y unidos ahora mismo en la Puerta del Sol y el resto de los españoles […], a pesar de esa angustia y de esa certeza intolerable de que unos pocos han pretendido humillar y someter a todo un pueblo, creo que percibimos también que éste puede ser un día enorme, un gran día para la historia de España«, continuaba la disertación de Prego, titulada con un grito de rabia, una declaración de intenciones y un llamamiento: ‘¡A por ellos!‘.
Y, sin duda, lo fue. Los madrileños, como el resto de españoles, no salieron aquel día solo a manifestarse por esta muerte. Salieron a decir que ya no podían más; que ya estaba bien; que el terror acumulado durante 20 años, la amargura contenida por cada atentado y el pesar por cada víctima que engrosaba la lista tenía que convertirse en una única voz que, por primera vez, dijese con firmeza, sin miedo y sin vuelta atrás: » Basta ya»

El pasado lunes, 13 dejulio, se cumplieron 29 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco Garrido, edil del Partido Popular ( PP ) en Ermua, un pequeño municipio de Vizcaya en la comunidad autónoma vasca.. Tenía entonces los mismos años que han pasado desde aquella fatídica fecha.. Era diplomado en Ciencias Empresariales ( su equivalente actual más directo sería el grado en Dirección y Administración de Empresas, ADE ), trabajaba en una asesoría de la próxima a su domicilio localidad de Eibar ( Guipúzcoa ) y llevaba apenas dos años como concejal en su pueblo. Hasta aquel jueves 10 de julio de 1997, su nombre era el de un joven edil de un pequeño municipio vizcaíno marcado, como tantos otros, por la presión del terrorismo separatista. En solo 48 horas, la organización criminal ETA convirtió su rostro en el símbolo de una España que se negó a volver mirar hacia otro lado.
El secuestro se produjo el 10 de julio, cuando Miguel Ángel Blanco no llegó a su lugar de trabajo. Poco después, una llamada en nombre de ETA comunicó el ultimátum: si el Gobierno no anunciaba en 48 horas el acercamiento de todos los presos de la banda al País Vasco, sería asesinado. La amenaza vencía el sábado 12 de julio a las cuatro de la tarde. Eran los días posteriores a la liberación de José Antonio Ortega Lara, el funcionario de prisiones que había pasado 532 días encerrado en una celda subterránea construida bajo el suelo de una nave industrial en Mondragón ( Guipúzcoa ). España conocía ya hasta dónde podía llegar la crueldad de los bandidos de ETA, pero aquella cuenta atrás introdujo una forma nueva de angustia colectiva: el final de una vida retransmitido minuto a minuto como si fuera un serial de radio..
Durante esas 48 horas, las plazas y calles de toda España empezaron a llenarse de ciudadanos anónimos. En Ermua, en Bilbao, en San Sebastián, en Madrid y en tantas otras ciudades, el pueblo al completo salió primero a pedir su liberación. Había pancartas, manos blancas, lazos azules, silencios espesos y consignas emocionadas. “Miguel Ángel no está solo”, se oyó en la Puerta del Sol. Pero los criminales no escucharon y la banda mafiosa cumplió su amenaza. El sábado por la tarde, Miguel Ángel Blanco apareció en una pista forestal próxima a Lasarte ( Guipúzcoa ) con dos disparos en la cabeza del calibre 22 pero seguía con vida. Fue trasladado al hospital Nuestra Señora de Aránzazu, en San Sebastián, donde falleció de madrugada, varias horas después, el domingo 13 de julio.
La noticia, lejos de apagar los ánimos, los prendió para siempre. Madrid, que durante dos días había seguido el secuestro con una mezcla de esperanza y desasosiego, se convirtió el lunes 14 en una ciudad tomada por la indignación popular Más de un millón y medio de personas ocuparon el Paseo de la Castellana, la calle Alcalá y la Puerta del Sol en la que fue descrita entonces como la mayor manifestación de la democracia. La marcha, convocada para las ocho de la tarde, quedó desbordada desde el inicio. No hubo una cabecera oficial reconocible porque la población ocupó el espacio antes que las instituciones. Desde la plaza de Colón hasta la de Sol, las arterias del centro de la capital se llenaron de madrileños que avanzaban lentamente, algunos durante horas, entre aplausos, silencios y gritos contra los asesinos de ETA.

Aquella imagen reunió a dirigentes de todos los partidos políticos democráticos, representantes sindicales, responsables autonómicos y hasta antiguos Presidentes del Gobierno. Pero el protagonismo no fue suyo. La fuerza de aquella tarde estuvo en la multitud ciudadana: familias enteras, trabajadores, empleados recién salidos de las oficinas, jóvenes, mayores, vecinos que no necesitaban conocerse para compartir una misma certeza: la organización terrorista vasca ETA debía desaparecer de una vez por todas.
La muerte de Miguel Ángel Blanco no fue el primer crimen del grupo de bárbaros vascos de ETA ni, desgraciadamente, sería el último. La banda terrorista había dejado ya una larga lista de víctimas y seguiría matando después. Pero aquellos días marcaron un punto de inflexión porque rompieron algo que hasta entonces pesaba en demasiadas calles: el silencio impuesto por el terror asesino. De esa reacción nació lo que se llamó el “Espíritu de Ermua”, una expresión que resumía la rebelión democrática de la sociedad española contra la barbarie de ETA y contra el entorno que justificaba, amparaba o relativizaba su violencia exterminadora.
Ahora, veintinueve años después y con la banda organizada convertida en pasado, Madrid y muchas ciudades más siguen recordando. La capital de España, golpeada durante décadas por la crueldad terrorista, guarda en sus calles la memoria viva de la lucha contra la atrocidad y la sinrazón. Madrid salió entonces en masa con la esperanza de que podía salvar a Miguel Ángel Blanco, además de entender que seguir callando habría sido otra forma de derrota. Y, aquel día, Madrid y España entera explotó, de ira, de dolor y de rabia..
Ese espíritu se volvió a reivindicar, esta semana, en los jardines de Miguel Ángel Blanco, en el distrito madrileño de Chamartín. Bajo el lema ‘Tu legado nos compromete’, representantes del PP, familiares de víctimas del terrorismo y ciudadanos en general, se concentraron en un acto dedicado a defender la memoria, la dignidad y la justicia de las víctimas del terrorismo.

Veintinueve años de vida, 29 años de ausencia» empezó resumiendo Marimar la «simetría cruel» de este aniversario, en el que su hermano llevaba el mismo tiempo muerto que el que vivió. «No era un héroe de leyenda. Era simplemente un chico de Ermua», ha recordado sobre aquel joven orgulloso de sus orígenes gallegos y de sentirse vasco y español, que entró en política para mejorar su pueblo y defender la libertad.
Marimar Blanco evocó también las manos blancas levantadas durante las movilizaciones de julio de 1997. Un clamor que no consiguió salvar a su hermano, pero que sí logró preservar «la dignidad de todo un país que se negó a vivir de rodillas». Aquella rebelión cívica, bautizada como espíritu de Ermua, fue la «derrota» de ETA y continúa siendo, 29 años después, «nuestra bandera» subrayó..
«Primero nos arrebataron a los nuestros; ahora nos están arrebatando la justicia«, ha proclamado Marimar Blanco, que ha rechazado que se pida a las víctimas discreción o comprensión ante esos pactos secretos firmados con Bildu por Pedro Sánchez para mantenerse en el poder: «Ni discreción ni comprensión con la injusticia, ni silencio. Jamás, nunca más silencio», lanzó..
Los autores de este execrable crimen fueron los integrantes del denominado Comando Donosti de la organización terrorista : Francisco Javier García Gaztelu, alias Txapote. Jefe del comando, fue el autor material del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el que apretó el gatillo de la pistola. Cumple condena en la actualidad por este y otros crímenes, como los del concejal del Partido Popular ( PP ) en el Ayuntamiento de San Sebastián ( Donosti, en vasco ) Gregorio Ordóñez y del histórico dirigente del socialismo guipuzcoano, Fernando Múgica, hermano del que fue Ministro de Justicia con Felipe González, Enrique Múgica.

Irantzu Gallastegui Sodupe, alias Amaya. Pareja sentimental de Txapote. Fue quién abordó y secuestró a Miguel Ángel Blanco en la estación de tren de Ermua cuando se dirigía a su trabajo, en Eibar. Vigilaba la zona con el coche del comando y aseguraba así la vía de la huída mientras se ejecutaba a Miguel Ángel. Cumple también condena de prisión junto con su amado. Ambos forman parte de la línea dura de la ya disuelta banda mafiosa y nunca han mostrado arrepentimiento alguno.
Y José Luis Geresta Mújica, alias Totto. También participó en el asesinato de Fernando Múgica. Se suicidió el 20 de marzo de 1.999, dos años después del crimen de Miguel Ángel, en un descampado de la localidad de Rentería ( Gupúzcoa ), con un disparo en la sien hecho con una pistola de la marca Astra del calibre 6,35. Fue el que sujetaba de rodillas al maniatado asesinado mientras Txapote le descenrrajaba dos tiros en la nuca. Se quitó la vida al comprobar que dos jóvenes policías municiapales que él había captado para ETA, eran colaboradores de la Policía autonómica vasca ( Ertzaintza ). No pudo superar esa metedura de pata que ponía en peligro la seguridad de la banda criminal, y el riesgo de ser acusado de traidor por la organización y por tanto, ejecutado, como le había ocurrido a otros.
ETA, calificó el hecho como asesinato en un nuevo episodio de guerra sucia del Estado español. Como le faltaban dos muelas en la boca, argumentaron que se las habían arrancado para que no se pudiera demostrar la implantación de un chip de localización por parte de la Policía.española en una acción de guerra psicológica con vistas a generar miedo entre los que estuvieran relacionados con el fallecido ( sic ). En su localidad de nacimiento en Cizúrquil ( Guipúzcoa ), la entonces formación política de ETA, Herri Batasuna, abusando de su mayoría decidió poner su nombre a una plaza del pueblo, acción municipal que fue revertida por la autoridad judicial y la propia organizaciónt terrorista denominó como Totto a uno de sus comandos operativos a modo de homenaje.