Hay que reconocerle un mérito indiscutible a la línea editorial de Televisión Española: su incombustible fe en la magia de la física y el ilusionismo verbal. Solo en el asombroso laboratorio de su programación matinal y de tertulias es posible ver cómo un bumerán judicial que impacta de lleno en la línea de flotación del socialismo termina, por arte de guion, descalabrando contra la oposición.
La cobertura del caso de corrupción política en la empresa Plus Ultra en la televisión de todos los españoles es un ejercicio de funambulismo deontológico fascinante. El escándalo mayúsculo empezó desde el minuto uno. Antes de que la Presidencia del Gobierno redactara su argumentario oficial, en La Hora de la 1 y Mañaneros 360 ya se soltaba con soltura la idea de la guerra judicial y la persecución de la ultraderecha.
Los telediarios del fin de semana se convirtieron en una experiencia casi mística. Mientras el resto de cadenas abrían desgranando el demoledor informe de la unidad policial contra la corrupción ( UDEF ), el Telediario 1 despachaba la imputación histórica del expresidente diciendo, muy por encima, que los nuevos datos «no cambiaban la opinión ni del Partido Popular ( PP ), ni del Partido Socialisra Obrero Español ( PSOE ) «.
Para no asustar al espectador, se ocultaron sistemáticamente los delitos reales -Organización Criminal y Falsedad Documental- para dejarlo todo en un descafeinado «tráfico de influencias», escondiendo los mensajes directos de la caja fuerte con joyas de alto valor y mostrando solo la foto de la comida de las ostras, como si aquello fuera un canal de cocina.

Silvia Intxaurrondo sentenciaba con naturalidad que «que haya mucho dinero no tiene por qué ser ilegal» y que el juez, simplemente, «compra y coloca» el informe policial. Claro que sí, un mero corta y pega judicial. Por los pasillos de Televisión Española en Torrespaña se respiraba bochorno y los redactores denunciaban una nueva manipulación, pero en los platós de debate la consigna era blindar el búnker del PSOE.
En Directo al Grano, programa televisivo que se emite en la sobremesa y copresentan Marta Flich y Gonzaló Miró, la presunción de inocencia se convirtió en el leitmotiv nombrándola en catorce ocasiones. Allí, José Luis Rodríguez Zapatero dejó de ser un imputado por la Audiencia Nacional para convertirse, según los tertulianos, en un «faro moral», un «referente político que no se ha hecho multimillonario» y «el presidente del fin de ETA».…
Faltó pedir en directo la beatificaciónde Gertrudis, la secretaria de Zapatero. De la misteriosa empresa de publicidad de sus hijas o de las cuentas comunes con su mujer, ni una palabra. Cero reportajes, cero gráficos explicativos. Para contextualizar ya estaba el telediario de Pepa Bueno, que rauda y veloz rescató el caso Kitchen y la Gürtel ( ambos del PP ) para equilibrar la balanza.
La guinda del pastel del blanqueamiento la puso Malas Lenguas, elevando el «y tú más» a la categoría de alta escuela periodística. ¿Que la UDEF encuentra oro, cuentas en Dubái y una estructura societaria sospechosa? No pasa nada, se debate si estamos ante un sofisticado ejercicio de grupo de presión o consultoría internacional. Y si la cosa se pone fea, se activa el ventilador histórico: se saca a colación al Rey Emérito, los GAL o a Aznar -retorciendo su frase «quien pueda hacer que haga» para sugerir que ordenó fabricar pruebas falsas-.

El Gobierno socialcomunista que disfrutamos crea el relato de la conspiración y TVE le da rienda suelta, desviando astutamente la atención hacia los «poderes adivinatorios» de Isabel Díaz Ayuso y el Partido Popular ( PP ) sugiriendo que si la oposición sabía que lo iban a imputar es porque controlan a los jueces.
Al final, la maquinaria de lavado y centrifugado funciona con tanta precisión que el espectador termina perfectamente reeducado. La culpa de que Zapatero protagonice el mayor escándalo de corrupción de la democracia ya no es de Zapatero.
La culpa de que Pedro Sánchez mantenga su respiración artificial en el Palacio de la Moncloa y le pillen todos los marrones de viaje en el extranjero tampoco es de Sánchez. La culpa de todo este colapso institucional es de Alberto Núñez Feijóo por no presentar una moción de censura. Y tiempo al tiempo, porque al ritmo que avanza la verdad oficial en los pasillos de RTVE, las joyas encontradas en la caja fuerte de Zapatero se las dejó allí olvidadas Ayuso.
Hace meses ya que el Consejo de Informativos de Televisión Española abrió una investigación interna para analizar los espacios de actualidad Mañaneros 360 y Malas lenguas, buques insignia de la programación de mañana y tarde, respectivamente. Ambos espacios, de coproducción externa, combinan la presencia de tertulianos en un plató con conexiones en directo en diversos puntos de información.
El órgano de control interno de TVE decidió iniciar las pesquisas sobre ambos formatos “tras recibir más de 100 quejas y actuando también de oficio”. Entre las conclusiones de un informe de 144 páginas difundido, el Consejo de Informativos acusa de “sesgo” tanto a los formatos como a quienes los presentan. Y concluye que “estos programas incumplen, de forma habitual y reiterada, las normas fundamentales para la elaboración de información en RTVE”.
También ocurre con La hora de la 1, programa que presenta Silvia Inchaurrondo que es objeto de numerosas quejas, polémicas y denuncias en el plano político por las acusaciones de parcialidad y cruce de declaraciones con partidos políticos.
A pesar de todos estos apaños denunciados públicamente y recogidos ampliamente por los medios libres e independientes, resulta que sí, que «El Uno» era Pedro Sánchez, según se explica en el auto del juez Santiago Pedraz en el caso Leyre. Lo mismo que «El Zorro» era José Luis Rodríguez Zapatero en el sumario del juez José Luis Calama. Resulta que Santos Cerdán recibía órdenes de «El Uno para crear el comando PSOE para desacreditar y frenar el trabajo de jueces, fiscales y agentes. Resulta que un empresario llamado Julio Martínez era el presunto testaferro del expresidente Zapatero al que recordaremos, inevitablemente, por las joyas imposibles de multimillonario que guardaba en su despacho. Esas piedras preciosas, me temo, le han hundido ya para siempre.

Deseaba nuestro actual presidente del Gobierno pasar a la Historia, y así será. Por muchísimos motivos: por tener de mentor a Zapatero, por tener imputados a sus familiares, porque no parece importarle su partido político, al que ha convertido prácticamente en algo parecido a una secta, en donde las voces disidentes no se permiten y a donde entra la Guardia Civil a registrar. Porque durante muchos años se recordará este aciago periodo suyo, al frente del PSOE, de acumulación de casos de presunta corrupción. Unos y otros procesos le acorralan mientras él, ajeno a todo, se refugia en su agenda internacional y «no le consta» la trama Leyre de fontaneros y cloacas.
Visto lo visto, no solo habría que señalar a Pedro Sánchez. Sería injusto detenernos en él sin tener en cuenta a la ristra de imputados que le rodean, a ese entorno suyo que repite día a día el argumentario de la Presidencia del Gobierno y, a pesar de las evidencias judiciales, denuncia persecución judicial. Deberían reflexionar también todos esos periodistas que, durante años, han estado señalando, displicentes, a ciertos compañeros suyos que sí han investigado y publicado informaciones exclusivas sobre las barbaridades que se urdían en los despachos del partido socialista en su sede nacional de la madrileña calle Ferraz y que años después, sí, se han confirmado.
Hemos perdido ya la cuenta de los escándalos y decepciones políticas en estos ocho años de Gobierno sanchista. Uno puede llegar a comprender ciertos errores de nuestros gobernantes, pero jamás esta montaña de hechos propios de delincuentes. Es muy triste que cada día los españoles tengamos que asistir a esta realidad con impotencia. Gobernantes que resisten sin plantearse dimitir o convocar elecciones anticipadas. Socios de Gobierno que son cómplices, por no apoyar una moción de censura. El poso de este café es la desconfianza total, la desafección absoluta de todo lo que huela a política. De ahí, de ese terreno, nacen iluminados sumamente peligrosos para las democracias.
¿Cuántas balas judiciales tendrá que esquivar en adelante Pedro Sánchez? ¿Hasta qué punto la propaganda, la mentira y los bulos gubernamentales mitigarán tantos escándalos? Este circo, ¿hasta cuándo?