Creo que los independentistas catalanes no paran de engañarnos con excusas políticas, económicas o culturales. La única lucha que desde hace cuatro décadas se está dando dando en Cataluña es entre mestizaje o xenofobia. Obedece a razones demográficas totalmente accidentales y parece que será la misma que se dará en el mundo entero este siglo y el que viene de África, cambiando los protagonistas.
Si no hubiera existido emigración desde el resto de España durante el siglo pasado, los catalanes serían ahora unos dos millones y en cambio son ocho. Esos seis millones de diferencia proceden de mezclarse con la emigración y tienen generalmente más lazos familiares con el resto de España, usan el castellano como lengua materna y son reticentes al nacionalismo particularista.
Se puede afirmar que origen e ideología no se superponen exactamente. Hay mestizos que para medrar o por complejo de inferioridad, hacen la pelota al tradicionalismo autóctono más obtuso. También hay sagas familiares de origen regional que odian desde hace varias generaciones todo lo que tenga que ver con la bandera nacionalista. Pero los intercambios se equilibran y al final la media hace que el panorama sea bastante fiel al origen demográfico. Baste decir que curiosamente, la cifra de independentistas siempre ronda esa cifra de dos millones.

Como cualquier otra zona sujeta a emigraciones, Cataluña padece ese virus moderno de la xenofobia y el racismo solo que ocultándolo con pretextos para quedar bien. Muchos políticos lo aprovechan para conseguir sus propios beneficios egoístas o acumulaciones de poder para perpetuarse en la poltrona. Hace apenas unos meses, el pasado diciembre, un político nacional -español dirían ellos- de esos que andan ahora justificando su súbito cambio de convicciones, afirmaba que según un sondeo, el 70% de los catalanes no veía mal la amnistía como herramienta para mejorar la convivencia ciudadana. La cifra llamó mucho la atención porque no coincidía con la que se podía comprobar a diario saliendo simplemente a la calle o escuchar cualquier conversación de bar.
Resulta que mirando las cifras con detalle, eran siete de cada diez independentistas los que pensaban así. El político nacional, lo que había hecho era de nuevo la perversa operación de identificar catalanes con catalanistas para invisibilizar a todos los catalanes constitucionalistas. Espectro este proveniente de la emigración y de familias humildes al que el político citado que se identificaba como de izquierdas sería al que supuestamente debería de proteger.
Los catalanes no nacionalistas creo que están acostumbrados a esas maniobras de hacerlos desaparecer de la población en general que el poder regional practica con ellos. Al provenir de barrios más desfavorecidos no tienen ni el peso, ni los medios que tienen las clases acomodadas y es fácil dejarlos de lado e ignorarlos. A cambio, tienen la ventaja de ser el grupo más flexible, más ágil, más resistente, más móvil y hasta más divertido por simple necesidad adaptativa para sobrevivir.

En una sociedad de tan poca movilidad social como la catalana, es en ese grupo donde se encuentra una constante elevación de los hijos a un pequeño escalón social más y genera situaciones más sugerentes, interesantes y vividas que en otros sitios. Aunque es frustrante que se les arrebate constantemente la voz a nivel institucional y nieguen su existencia, a cambio reciben un gran cariño popular de la gente que se halla fuera de las instituciones en toda España.
Esa visibilización de los otros catalanes por parte de la población en general del resto del territorio español, ha sido el cambio de mentalidad más importante de los últimos años. Los políticos los ignoran pero la sociedad los aprecia rompiendo el relato hegemónico del poder.
Al igual que la mujer buscó su sitio en el escaparate social hace años, el mestizo necesitará de políticos igualitaristas que defiendan su presencia. Tarea bastante difícil para los partidos de esta supuesta izquierda cuando a la vista de los rifirrafes que tienen entre ellos trasladan la imagen de estar copados por azafatas arias de casa bien que están ahí para hacerse perdonar el papel autoritario de sus familias privilegiadas socialmente.

Con partidos izquierdistas convertidos en simples agencias de colocación para esos perfiles a cambio de siete votos, no será extraño que de una manera contradictoria sea Vox quién finalmente se haga con el apoyo y más representación de todo ese mestizaje en los barrios humildes.
Juan estas preparado para salir de aquí este hunde más el país
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Hombre de poca fe, de aquí no se va nadie. El que se tiene que ir es él porque ya no lo quiere nadie, si siquiera su propio partido. Así que ánimo Antonio, que ya le queda poco. Un abrazo.
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