Aunque no se sabe con precisión lo que nos puede deparar el futuro, a la mayoría de los españoles les preocupa que el previsible próximo Presidente del Gobierno español sea rehén de personas de la talla de Arnaldo Otegui, responsable de los filoetarras de EH-Bildu y Carlos Puigdemont, dirigente de Juntos por Cataluña.
Aunque parezca increíble y a estas alturas, todavía hay gente que duda que Pedro Sánchez sea capaz de ceder a todas las pretensiones de los separatistas vascos y los golpistas catalanes para lograr el apoyo parlamentario que necesita para dirigir los destinos de este país, antes llamado España. Y eso que los antecedentes del actual Presidente del Gobierno no dejan lugar a dudas de que el precio a pagar por el resto de los españoles no es asunto que le preocupe lo más mínimo, sea la Constitución o la propia democracia.
Lo que llama mucho la atención es el cambio que ha dado el propio partido socialista que en el año 2016 expulsó Sánchez porque quería hacer lo mismo que ha hecho ahora y que lleva camino de repetir, es que haya dado un giro de 180 grados. La explicación puede estar en que después de las mal llamadas elecciones primarias en el partido y que Sánchez ganó, convocó un congreso en el que eliminó las instituciones internas de debate y decisión. Así Sánchez se convirtió en caudillo que solo atiende a las bases -que por cierto- carecen de voz.

Extramuros del socialcomunismo hay quién piensa que el nacionalismo españolista es imposible y las dosis de independentismo son inevitables. Se podría sedar, no eliminar, y sobre todo no provocar porque crecería y sería ingobernable. Ante esta corriente de opinión se puede afirmar con contundencia que el nacionalismo periférico toma -permanentemente- decisiones anticonstitucionales, confirmadas así por los jueces y tribunales que el Gobierno ultraprogresista ignora continuamente y no hace nada para que se cumplan. Ese parece ser el problema.
Las actuales negociaciones con vascos y catalanes para componer un Gobierno idílico indican que se está preparando un monstruo babélico, fracturado, terrorífico y por ende, precipitado al vacío, un Frankenstein II. Y así aparece el miedo de la sociedad española de a dónde puede llevar Sánchez a España de la mano de los separatistas y apoyado desde dentro por la nueva Presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol que lejos de resolver los problemas de sus paisanos de las Islas Baleares, se ocupó de imponer una lengua -la catalana- que no era la propia, dejando pendientes dos investigaciones judiciales que veremos cómo le afectan, dado su puesto institucional. Sin olvidar a Cándido Conde Pumpido, Presidente del Tribunal Constitucional, colocado en ese puesto para que avale las propuestas que le haga llegar su padrino político.
Poco a poco, la sociedad española se va dando cuenta de que los próximos años van a ser muy cruciales para lo que -por ahora- llamamos España. Puede pasar de todo en un país dividido en dos bloques ciudadanos que desean futuros distintos. Situación que se debe a la política de polarización iniciada por José Luis Rodriguez Zapatero y ampliamente desarrollada por su alumno -aventajado- Pedro Sánchez.

Hay bastantes dudas sobre si los votantes del socialcomunismo de las pasadas elecciones generales del 23 de julio eran plenamente conscientes de la trascendencia que iba a tener su decisión sobre si Sánchez y sus aliados iban a gobernar de nuevo. Lo cierto es que todo indica que nos encaminamos hacia otra España -si es que conserva ese nombre- y si es que Sánchez logra ser investido.
Pactar con los independentistas va a suponer modificar la Constitución Española, con todo lo que ello conlleva. Ahora no se trataría de una modificación menor, como en 1992 para que los extranjeros comunitarios pudieran votar en las elecciones municipales; ni como en 2011, cuando el PP y el PSOE acordaron introducir el factor de estabilidad presupuestaria; ahora se negocia una reforma de mucho calado que puede terminar con España, tal y como ahora la conocemos.
Cualquier ciudadano medianamente informado sabe que el separatismo es ilegal según la Constitución. La independencia de Cataluña no la quieren ni la mayoría de los catalanes, ni tampoco el votante socialista. Para los incrédulos recomiendo consultar las encuestas al respecto de los últimos años y el resultado electoral del pasado 23 de julio. Trocear España debería de ser una decisión paleolítica.

Sin embargo, eso hay que interpretar para los poco más de la mitad de los votantes de las pasadas elecciones generales, que han elegido esta posibilidad. Y si no ha sido así, francamente habrá que pensar que hay votantes inconscientes que no deberían votar por respeto a la democracia o bien que se creen que puede volver un fascismo mussoliniano o nazi y se decantan por el separatismo, lo que sería más grave. En ambos casos estaría bien presente la ignorancia y el desinterés por el mañana.
Cuando se ha votado como se ha votado, el resultado es que los independentistas no se van a conformar con las dádivas que ya les han dado y con las que les darán a menos que entonces agachen la cabeza y dejen de ser separatistas. Querrán la independencia. Si no echan mano de nuevo de vías ilegales habrá que respetar la Constitución Española.


































