Basta con ver los programas informativos de cualquier cadena televisiva con respecto a la invasión emigratoria que están sufriendo las islas Canarias para entender que esos barcos denominados cayucos fueron creados como embarcaciones de pesca y no como transporte marítimo de pasajeros para una distancia de más de mil kilómetros. También, que infinidad de ellos se debaten entre esos dos destinos en la costa senegalesa como una línea de puntos que une la arena y coloreados de tonos vivos que contrastan con el azul del mar.
En la desembocadura del río Senegal, en Saint Louis, al norte del país, se apiñan embarcaciones rellenas de redes y escamas de pescado; en Dakar la capital, parecen gigantescas cáscaras de nuez; en el sur, son cientos de cayucos inmovilizados en las playas y custodiados por las gaviotas que chillan porque quieren su recompensa de peces. Son muchos barcos dudando entre huir y quedarse en una tierra donde casi el 20% de la población vive del negocio de la pesca.
Aunque las voces convencionales se limitan a justificar la ola migratoria a Canarias en guerras no declaradas y en violentos golpes de Estado; en crisis económicas; en hambrunas y desgracias varias para una sociedad anestesiada como la nuestra, la realidad es que también existe un estrecho vínculo en Senegal entre la pesca y la emigración.

Al final, son ellos quienes llevan a los que quieren venir hasta aquí. Son ellos los que reutilizan los cayucos para buscar el suelo español y europeo. Y también son ellos quienes los pilotan y quienes organizan el viaje y quienes se encargan de que no viajen miembros de la etnia tucolor en la misma embarcación con otros de la etnia sosso para evitar peleas.
En definitiva, los propios pescadores reconocen que existe una relación directa entre las crecientes dificultades que enfrenta su oficio y su predisposición a participar en el negocio emigratorio y que prefieren gobernar un cayuco por entre las olas que levanta la brisa de otoño si la alternativa es un puñado de sardinas a repartir entre toda la tripulación.
En Senegal, se pesca -o mejor dicho, se pescaba- atún, sardina, dorada, merluza y sepia, entre otras variedades. Sus aguas poseen -o poseían- una riqueza extraordinaria que explica esa tradición pesquera, representada en los barcos que descansan en la costa y en las redes que remiendan en cada puerto. Se cuestiona mucho si la disminución de las capturas están relacionadas con los acuerdos pesqueros con la Unión Europea ( UE ) que han perjudicado al amplio sector de la sociedad senegalesa que necesita la pesca para sobrevivir.

El actual acuerdo de pesca entre la UE y el país africano, firmado en noviembre de 2.019, válido por cinco años, autorizaba a 28 atuneros congeladores; 10 cañeros y 5 palangreros de España, Portugal y Francia a faenar en aguas senegalesas por el pago anual de 1,7 millones de euros. Los barcos pueden pescar hasta un total de 14.000 toneladas de pesca al año, de las cuales 10.000 corresponderían al atún.
Llevado el acuerdo al terreno económico y considerando un precio medio de mercado para las variedades descritas de 10 euros por kilo ( aunque el precio medio de atún sea de 13 euros kilo ) resulta un beneficio total de 140 millones de euros. No deja de ser llamativo que Europa se embolse más del 98% de los beneficios derivados del acuerdo que al principio suponía el 1% de las capturas y que en el 2021 las autoridades senegalesas publicaron que ya estaban en el 6% y se vieron obligadas a bloquear las licencias que se renovaron en 2.022.
Por eso los pescadores senegales no se cansan de repetir que la situación actual puede considerarse como catastrófica porque muchas especies están amenazadas o incluso sobreexplotadas y apoyan sus quejas en que, por ejemplo, la sardina muestra una disminución del 75% en comparación con años anteriores; que mientras ellos están pescando de manera artesanal, los barcos europeos lo hacen de manera industrial por sus mayores medios para faenar.

Dado que los caladeros tradicionales próximos a Saint Louis hace años que están disminuyendo a una velocidad alarmante, los pescadores se ven obligados a subir hasta Mauritania en busca de nuevas oportunidades o descienden incluso a Gambia. Los viajes son más largos y por ello, aumentan los gastos y las probabilidades de peligro sin que crezcan necesariamente las capturas.
En ocasiones, muchos jóvenes senegaleses y de los países vecinos, pagan un pequeño peaje para que los lleven a la costa mauritana donde cogerán otro cayuco con dirección a Canarias. Aquí se encuentra otro vínculo entre la pesca y la inmigración porque muchas embarcaciones sirven como taxis para los jóvenes subsaharianos que luego saldrán para Canarias.
Sería injusto señalar únicamente a Europa como responsable de esta calamidad porque los pescadores senegaleses también señalan a China. Para poder pescar en esas aguas, los chinos no han firmado ningún acuerdo como ha hecho la UE sino que han empleado la fórmula de la creación de empresas mixtas con otras nacionales. Como resultado, los barcos chinos se consideran – a efectos legales- como una flota industrial local que debe de pagar una licencia al precio que lo harían los senegaleses. El temor a esta fórmula es que cuando esquilmen los bancos de peces se irán a otra parte dejando el mar vacío de su pescado.

Se da la paradoja de que pescadores de Dakar que salen con el cayuco, buscan y no encuentran ningún cadadero que faenar y entonces se ven obligados a comprar el pescado que ellos no consiguen a los barcos chinos que solo les venden el pescado sobrante y de peor calidad en su propia tierra -digo mar- y regresan a puerto para intentar convencer a sus esposas de que su oficio todavía tiene sentido.
El pasado domingo, 17 de noviembre, expiró el acuerdo pesquero de la Unión Europea ( UE ) con Senegal y no tiene visos de renovarse hasta que el país africano demuestre su compromiso contra la pesca ilegal, de acuerdo con el señalamiento de la Comisión Europea que le hizo en mayo de que estaba incumpliendo la citada obligación y que había sido objeto de varios avisos europeos. No será la primera vez que esto ocurra ya que entre los años 2.006 y 2.014 el acuerdo se suspendió y permitió a las dos partes evaluar y renegociar las condiciones.
Hasta que no se despeje este panorama los barcos europeos -entre ellos, los españoles- han abandonado las aguas senegalesas y ese país ya no recibirá ninguna compensación económica hasta que no haya un nuevo acuerdo, si es que lo hay. La costa senegalesa es uno de los caladeros de mayor importancia para la flota española que opera en el océano Atlántico.







































