Que el gobierno de la Comunidad catalana se crea en la obligación de exigir la suspensión del servicio de Cercanías en la región y encuentre la general comprensión de la opinión pública es el resumen perfecto de hasta dónde ha caído la confianza de los usuarios, y no sólo del ferrocarril, tras los últimos Gobiernos socialistas. Detrás de esta pérdida de crédito ciudadano se encuentra lo que podríamos llamar la desoladora cultura política del sanchismo, que ha roto todos los consensos y ha convertido la gestión pública en un coto propio, especie de refugio salarial para militantes y simpatizantes en dificultades tras las sucesivas derrotas electorales.
Que esto es así, se demuestra con las listas de cargos directivos en los distintos ministerios y organismos gubernamentales, con especial énfasis en las empresas de titularidad pública, mucho más accesibles a la arbitrariedad. Es, sin ir más lejos, el caso de Adif, «colonizada» en sus puestos de dirección por exdirectivos del gobierno socialista valenciano de Ximo Puig, con el resultado que todos podemos ver en estos días de luto ciudadano, mientras desde el Ministerio de Transportes, con Óscar Puente a la cabeza, se multiplican las excusas, las justificaciones y la manipulación grosera de datos, en medio de un ambiente de desconcierto que no hace más que alimentar desconfianzas y rumores.
Por supuesto, se trata de una primera fase que conducirá inevitablemente a descargar responsabilidades en el sector privado o en la socorrida oposición popular, puesto que otra de las características propias de la cultura sanchista es no reconocer nunca los errores propios, ni admitir como propias las consecuencias de la ineptitud en la gestión. Esto, que hemos dado en llamar fabricación de un llevando una vez más a los ciudadanos a la rabia, al enfrentamiento ideológico y la desconfianza. Un alto precio a pagar para que políticos que carecen de competencias profesionales para el cargo que desempeñan y que se rodean de una corte de amigos y correligionarios pagados con sueldos muy por encima de los que cobra el común de los españoles se mantengan en el machito.

Ciertamente, hay una responsabilidad en cascada de toda esta confusión, que comienza con la figura del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, responsable único y directo de unos nombramientos al frente del departamento de Transportes que han sido sinónimos de ineficacia y nepotismo. Nadie espera que se asuman responsabilidades en un Gobierno relato, pero que no es más que la técnica de propaganda política de toda la vida, acabará por contaminar la realidad, llevando una vez más a los ciudadanos a la ira, la confrontación ideológica y al recelo.
Nadie espera que se asuman responsabilidades en un Gobierno que ni siquiera puede argumentar con datos técnicos contra la suspensión de las Cercanías en Cataluña, entre otras razones, porque ha acabado con la paciencia de los profesionales que habían hecho de servicio ferroviario español uno de los mejores de Europa, pero que, ahora, no se atreven a garantizar la seguridad de los viajeros.
.El último accidente de tren ocurrido en Adamuz ha abierto una nueva herida en el corazón de los ciudadanos, que tienen muy claro que el siniestro y las correspondientes 46 víctimas tienen responsables directos: el Gobierno encabezado por Pedro Sánchez y el ministro de Transportes, Óscar Puente. Los españoles exigen que se asuman responsabilidades políticas por una gestión de la crisis ferroviaria que ha sido de todo menos ejemplar, por mucho que se empeñe el Gobierno en presumir de una transparencia que ha sido poco más que ficticia.

Así, se pone de manifiesto en la encuesta elaborada por NC Report para el periódico LA RAZÓN, que constata que dos de cada tres españoles exigen dimisiones, y no de los cargos intermedios, sino de la cabeza de Sánchez y Puente. En concreto, el 65,2% de los encuestados pide que Puente salga del Ministerio de manera inmediata, mientras que solo dos de cada 10 respaldan su actuación. Tampoco sale muy bien parado el Gobierno sobre las explicaciones respecto al accidente: el 63% no se cree la respuesta del Ejecutivo y apenas un 28% da por válidas las explicaciones. Por ello, casi siete de cada diez creen que el Gobierno del PSOE es el responsable último del accidente.
Y en esta tesitura, ¿qué ha hecho el Gobierno, en general, y Óscar Puente, en particular hasta el momento? Pues volver a acusar a la prensa de extender bulos y fango como política de distracción. Lo han vuelto a hacer desmintiendo que la culpa primigenia del descarrilamiento es una vía en mal estado con casi 40 años de antigüedad. Una situación que ha provocado que el PP haya acusado al Gobierno de mentir y ocultar información sobre el accidente «que solo Puente y su equipo tenían», como que el tramo de la vía que provocó el descarrilamiento del Iryo era una sección en la que se habían ensamblado materiales nuevos con elementos del año 1989.
Esta falta a la verdad sería en sí misma una mentira, por lo que Puente quedaría invalidado para continuar al frente del Ministerio. Sobre todo, porque su única defensa ha sido una fotografía publicada en sus redes sociales que, a la postre, ha corroborado que había ocultado la verdadera fecha de fabricación de la vía. Además, el ministro solo ha sido capaz de volver a agarrarse a la manida política antiprensa impulsada desde Moncloa, de que todo lo que afecta negativamente al Gobierno es un bulo y un ataque de la supuesta derecha mediática.

La prensa en general ha recopilado la concatenación de inexactitudes, errores, intentos de engaño, tergiversaciones y, directamente, algunas falsedades realizadas por el ministro y que han desmontado cualquier intento de Puente de mantenerse al margen de sus responsabilidades directas en el accidente. Dar la cara no es salir en rueda de prensa y estarse más de dos horas justificando su actuación. Es decir la verdad.
































![Captura-de-pantalla-2018-05-18-a-las-17.23.07-1080x675[1].png](https://asuntospoliciales.com/wp-content/uploads/2018/11/captura-de-pantalla-2018-05-18-a-las-17-23-07-1080x6751.png)







