A pesar de vivir ya en el siglo XXI aún no se ha logrado la adecuada conexión entre las dos culturas que dividen a la sociedad moderna -las ciencias y las humanidades- suponiendo un grave problema para la resolución de los conflictos que afectan a la convivencia diaria y al bienestar de la población. Aunque esta falta de relación no es de ahora, sí ha tomado una nueva forma: la separación de los intelectuales de la política. Pocas veces habían estado alejados tanto los librepensantes y los asuntos de los ciudadanos.
Los pensadores críticos son hoy una especie en vías de extinción. Temen la política y se diría que la política muestra una indiferencia absoluta por todo lo que se pudiera denominar intelectual. Hay otros muchos que piensan que estos tiempos corresponden a un declive de la razón crítica; que los estudiosos se han distanciado de la esfera pública para acercarse a un mundo cada vez más profesionalizado y más empresarial; que están perdiendo su autoridad moral para dirigirse al poder al tiempo que se muestran incapaces de realizar sus funciones de una manera independiente y valorativa. Nunca se habían mostrado tan profundamente opuestas la conciencia crítica y el espacio público.
Parece que todos los eruditos de hoy pensaran que puesto que todas las verdades morales son relativas ya no hay necesidad de ser la voz ética de un mundo sin voz. El afán de algunos de ellos de aparentar que lo políticamente correcto y sensato es desestimar la importancia que tienen los imperativos morales en el mundo de la política no es más que una forma de hacer coincidir las necesidades humanitarias urgentes del mundo en el que vivimos con las suyas propias para promocionar su carrera profesional o su proyección social. Empleados, funcionarios, autónomos, profesionales liberales… se encuentran encadenados a la rueda de un medio de vida respetable que paradójicamente frena su capacidad para la crítica en un contexto ordinario.

Para ser más preciso, los intereses personales han destruido los llamados intereses públicos de los pensadores. Al olvidarse de la política de una forma tan rápida y sin dejar lugar para el arrepentimiento, se han transformado en defensores de la cultura de masas carentes de todo sentido de censura. Es por ello por lo que los llamados politólogos y expertos culturales han venido a sustituirlos como actores sociológicos en el mundo contemporáneo.
A los intelectuales ya no les interesa reflexionar sobre los problemas que nos rodean y debatir sobre los valores morales porque su único interés no pasa más allá de un comentario de los hechos. Así, en la era de la globalización dominada por las redes sociales y la comunicación tecnológica en la que las opiniones disidentes suelen estar acalladas, una epidemia de conformismo ha paralizado por completo la vida pública, convitiéndola en una entidad impulsada única y exclusivamemnte por el mercado.
Si se quiere recordar la evolución del compromiso de los eruditos en la historia europea del siglo pasado, el XX, habría que empezar por el asunto Dreyfus ( militar francés acusado de espionaje ) y la aparición de lo que desde entonces se llama la categoría de intelectual. A partir de ahí, todo el mundo estaba de acuerdo en que el intelectual tenía que comprometerse porque su labor era defender los valores universales por encima de la política del momento; que era un sujeto que operaba dentro de un marco moral y se atiene a unos valores trascendentales, libre de las impurezas de la política que debe de atacar la injusticia, el prejuicio y la intolerancia de la vida pública; restaurando la función que Sócrates había reservado para el filósofo: defender la universalidad de la búsqueda de la verdad y luchar contra la violencia.

El método del maestro griego era dominar la violencia con el uso del diálogo frente a las convicciones políticas, empezando por la honestidad de abrirse a la pluralidad humana para reconocer las diferencias que existen entre las personas y eso presupone otro valor igualmente esencial a la condición de intelectual: el respeto.
Una de las tareas del intelectual es cómo reformar y mejorar la sociedad de su tiempo. Su empeño primordial debe centrarse en la educación cívica de los demás ciudadanos para la responsabilidad que entraña la participación democrática en la gobernanza aunque muchos de ellos consideren que lo que llamamos examen juicioso es un ejercico inútil. Si no se lee y se ejerce el espíritu analítico, la Historia podría convertirse en una simple repetición de los errores humanos. Por el contrario, cuando se comprometen con la Historia, no solo necesitan una mente abierta sino también reflexiva, capaz de entender que las verdades pueden ser parciales y razonar sobre ello.
Con este planteamiento, la pregunta es: ¿ cómo se puede hablar de preservar la ética en la esfera pública y no abandonarla cuando han dejado de existir los absolutos morales ?. La respuesta más aceptada es el problema del mal y sus implicaciones políticas, siendo hoy un desafío importante para el mundo político y la integridad moral de los intelectuales. Aunque todas las personas son responsables de las calamidades e injusticias de este mundo que nos ha tocado vivir, el papel del pensador en los ámbitos gubernativo y social conlleva una mayor responsabilidad moral, casi una especie de héroe pues hace falta tener una gran valentía para enfrentarse a las responsabilidades que se adquieren en la vida pública.

Muchos creen que ser hoy un crítico comprometido con la manera de gobernar a la población no es nada del otro mundo porque ser demócrata y vivir en una democracia no supone ningún riesgo pero dado que no puede haber una democratización y una globalización reales si no están acompañadas de una labor verdadera de reproches por parte de observadores en su función de contrapoderes, ser hoy un espectador analítico significa ejercer de conciencia moral de estos tiempos que nos ha tocado vivir.
Por eso, para los intelectuales comprometidos la auténtica lucha no se limita a estar a favor o en contra de la política que se haga sino que se trata -sobre todo- de una batalla en defensa de lo humanitario frente a lo inhumano; de tener el arrojo de alzar la voz en nombre de la convivencia y en contra de la injusticia. Por esta razón, aunque el concepto haya perdido la fuerza que tuvo en el momento del caso Dreyfus, se ha de mantener la función del intelectual público. Mientras que se siga creyendo que la esperanza no es una palabra inútil, los intelectuales no dejarán de ser necesarios en todas las sociedades.











































